miércoles, 28 de octubre de 2009

Manufactura del consenso

Nada sorprende más a quienes analizan el mundo que la facilidad con la que una mayoría es controlada por pocos. Así introduce David Hume, pensador clave de la filosofía occidental, su concepto de opinión pública. Hume defendía en el siglo XVIII una máxima que la Constitución mexicana reconoce a la fecha en su artículo 39: todo poder dimana del pueblo. Convencido de esto, Hume señalaba que el único soporte del gobernante era la opinión de los gobernados, tanto en los regímenes despóticos como en los populares.

Esta realidad, hábilmente enmascarada por la autoridad en turno, es ignorada por gran parte de los “soberanos” pero es prioridad de la minoría gobernante. Los políticos y funcionarios perciben a los medios de comunicación como instrumentos de persuasión masiva, como aliados efectivos en la necesidad de moldear la opinión pública. Es natural su fascinación por captar la atención mediática y ganar tiempo o espacio con sus declaraciones (por decirlo eufemísticamente).

Todo lo anterior garantiza la alianza, también natural, entre el poder público y los medios. De lo contrario, la presunción de apoyo mayoritario –requisito mínimo para impulsar cualquier acción de gobierno- se disolvería en la pluralidad inherente a un sistema que motivara la diversidad ideológica. Walter Lippman, propagandista estadounidense en tiempos de la Primera Guerra Mundial, decía que la democracia es la “manufactura del consenso”.

El método es simple y supone complicidad. En las buenas y en las malas. La continuidad de esta relación simbiótica depende del apoyo palpable (rentable) a las actividades del otro, aunque éstas incurran en violaciones flagrantes a los principios y valores defendidos públicamente por las partes. ¿Por ejemplo? La guerra en Irak y la cobertura patriótica de CNN a las hazañas militares en el territorio recién “liberado”. Aurora Labio, investigadora de la Universidad de Sevilla, lo expresa así: “La maquinaria ha de seguir funcionando, aunque en el camino pueda quedar más que herida la verdad”.

La mentira se vuelve protagónica, aunque la honestidad sea un valor compartido en el discurso de políticos y periodistas. ¿Qué sería de ellos sin su credibilidad? David Hume insinúa con su argumento la respuesta. Cualquier relevo en el poder, aunque fortaleciera momentáneamente la libertad de expresión en la euforia del cambio, terminaría favoreciendo una visión única (y por lo tanto excluyente) de la realidad. Lo emergente se vuelve “amenazante” y lo diferente “intolerable”.

Esto último explica la reducción del presupuesto a la publicidad en revistas por parte del gobierno federal. No importando su nivel de coincidencia con Los Pinos, se pretende la desaparición de los medios que fragmentan a la audiencia. Proceso y Etcétera lo denunciaron pero ni Vértigo se salvó. Para un mandatario, es más provechoso apostar a la masificación comprobada de la televisión que a la supuesta numerosidad de quienes –comprando revistas diferentes- muestran su interés en temas como: automóviles, política, espectáculos, mascotas, música, salud o tecnología.

En épocas donde los impuestos hacen honor a su raíz etimológica, donde una guerra por “nuestra seguridad” ha ensangrentado las calles y donde los cambios “de fondo” son las mañas de siempre, conviene recordar el origen del poder político. Cuando la pluralidad informativa se ve amenazada por tendencias totalitarias es importante saber que continuidad del disenso es una apuesta a la cordura y que esto pasa necesariamente por los medios de comunicación.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Aplausos y carreolas

El olvido y el desinterés son las apuestas actuales de la cobertura noticiosa a la extinción decretada de Luz y Fuerza del Centro, un ejemplo más de la distorsión mediática de un suceso de alto impacto y trascendencia.

Un acontecimiento clave para juzgar el sexenio de Felipe Calderón terminará desterrado de la agenda informativa. Su importancia será progresivamente disuelta en la trivialidad inherente a los distractores que surgen de la obligación remunerada de los medios oficialistas en su intento de minimizar incomodidades a la administración en turno.

El fenómeno del “olvido mediático” demuestra, según la investigadora española Ainara Larrondo, la incapacidad de los medios y de los profesionistas que los integran para llevar a cabo una configuración informacional con base en los parámetros éticos del Periodismo. “La pérdida de interés informativo no hace desaparecer el problema, puesto que las causas y los efectos de esos hechos se alargan en el tiempo”, escribe Larrondo.

La irresponsabilidad de los medios sugerida por estas consideraciones teóricas alcanza niveles insultantes cuando más elementos, como los factores de interés periodístico, se agregan al análisis. Este concepto engloba las posibles respuestas a la pregunta “¿Por qué las noticias son noticia?”. Algunas son: por la actualidad, la proximidad o la magnitud de los hechos, la existencia de un conflicto o la expectación del público.

Aunque estos filtros sean desconocidos para la mayoría de los lectores, radioescuchas o televidentes, son la razón detrás de la jerarquización informativa que reciben en forma de “noticias”. El 2 de abril de 2005 es una fecha que ejemplifica este hecho. Ese día se registró un histórico empalme informativo: la agonía del papa Juan Pablo II y la procedencia del desafuero al entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador.

Mientras se creía que la muerte del jerarca católico podía ocurrir en cualquier momento, las aguas de la política nacional se revolvían con la posibilidad de que un aspirante a la presidencia perdiera su lugar en la contienda electoral. La prensa justificó con factores de interés la desición válida de opacar momentáneamente alguno de los temas. Para las televisoras, la “magnitud” del fallecimiento del papa superó la “proximidad” de un conflicto político.

Considerando todo lo anterior, sostengo que la cobertura televisiva del caso de Luz y Fuerza ha sido parcial, irresponsable e insultante. Parcial porque la Secretaría de Gobernación escribe con sus comunicados el guión leído por los informadores, irresponsable porque niega el seguimiento a un tema de interés nacional, e insultante porque prefiere transmitir un minuto de aplausos al presidente de la República o establecer como nota principal el atropellamiento de una bebé con todo y carreola en el metro de Australia.

Vivimos en tiempos donde la “responsabilidad social” de los medios se define exclusivamente en términos de su propio beneficio. Ni la ética ni las nociones básicas de la práctica periodística se manifiestan. ¿La “alabanza al gobernante” es un factor de interés noticioso o propagandístico? ¿Por qué los aplausos a Calderón son significativos para el país? ¿Cómo explicar que un incidente en Australia ocupe los primeros minutos de un noticiero de información nacional? El cierre de una paraestatal y los inicios de una crisis social insinúan la respuesta.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Palabritas

No es lo mismo un manifestante que un quejoso, un atentado que un accidente, pacificar que reprimir, o tomar que asegurar. Aunque estos términos sean utilizados para describir hechos semejantes, sus implicaciones ideológicas son opuestas. La obsesión por elegir la palabra correcta -típica de lingüistas, literatos y juristas- pasa inadvertida para el lector promedio, pero se vuelve exigencia cuando el objetivo del texto es la explicación precisa de un acontecimiento, por ejemplo, en el ámbito periodístico.

Sucesos complejos y trascendentes, como la “extinción” decretada de Luz y Fuerza del Centro, son oportunidades únicas para que la ciudadanía evalúe a sus medios. La prensa renuncia con mayor facilidad a la presunción de balance en tiempos de definición o conflicto; es cuando suele entregarse voluntariosa a las ventajas de una narración tendenciosa. Aquí, el análisis de las omisiones y las palabras elegidas es clave para comprender las lealtades e inclinaciones de quienes -más por rutina que por definición- se hacen llamar “periodistas”.

Escuchar que el operativo de la Policía Federal en las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro fue “pacífico”, obliga a repensar la paz. El adjetivo, utilizado por Milenio Televisión en su crónica, proclama la ausencia de disparos o heridos, pero asume que la amenaza de violencia -típica de la demostración de fuerza- es pacífica mientras no se concrete. Bajo esta visión, un asaltante que amaga y no dispara merecería no sólo la exculpación sino el reconocimiento. Si el colapso de la paraestatal hubiera sido “pacífico” habría omitido las armas.

Lamentablemente para los redactores y porristas de la generosidad gubernamental, se esperan marchas multitudinarias contra los actos “pacíficos” del gobierno federal. Los manifestantes recibirán trato de provocadores, de ciudadanos que pisotean los derechos de terceros y “desquician” la capital. Habrá que entrevistar a automovilistas molestos y buscar declaraciones condenatorias de funcionarios o empresarios. Éstos últimos, quizá los únicos capaces de organizar movimientos de protesta civil que estén a la altura de la “moral” fijada como límite a la libertad de expresión en el sexto constitucional.

Lo anterior, fue evidente en la cobertura periodística de la marcha “Iluminémos México”, convocada por la televisión en agosto del 2008. La nota redactada por Noticieros Televisa transformaba a los quejosos en “víctimas de algún delito” y describía el avance del contingente en términos de emoción acrecentada. Ese día, el ojo del reportero observó a los turistas “curiosos” que apoyaban a los manifestantes desde las ventanas de su hotel. ¿Podría esperarse este nivel de enaltecimiento informativo tras una movilización del Sindicato Mexicano de Electricistas? Claro que no. ¿Por qué?

José Luis Arriaga, académico de la Universidad Autónoma del Estado de México, sugiere una respuesta: lo que se dice de los eventos y personajes varía según las circunstancias. Como ejemplo, el fallecimiento de un ser humano requerirá de verbos diferentes dependiendo del contexto: si era un policía fue “asesinado” y si era un criminal fue “abatido”.

Estos matices del lenguaje son poderosos instrumentos de manipulación mientras la opinión pública ignore la sutileza de su funcionamiento. Habrá que señalarlos y reprobarlos, exigir el rigor periodístico. El cierre de una paraestatal lo amerita.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Infomerciales

¿Por qué comprar este maravilloso producto? Yo me pregunté lo mismo y ahora conozco la respuesta: porque cambiará su vida para siempre. No más problemas, infelicidad o complejos. ¿Me oye? La solución del siglo está aquí y no la encontrará en tiendas. Miles de personas han comprobado la efectividad de este desarrollo tecnológico que es avalado por especialistas y que será suyo con 12 cómodas mensualidades de 199 pesos. ¡Escuchó usted bien! Además, recibirá el instructivo, un fabuloso video y un par de accesorios. Pero espere. Si es de las primeras 50 personas en llamar le descontaremos seis pagos y le enviaremos el doble de producto. ¡Tome su teléfono! No acepte imitaciones y recuerde que esta oferta es por tiempo limitado…

El párrafo anterior resume y parodia a los infomerciales del mundo: la fórmula se repite sin modificaciones sustanciales en muchas latitudes y contextos. El concepto -originalmente estadounidense- de un comercial de larga duración que se transmite en horarios (baratos) de poca audiencia, continúa popularizándose en México, ante la indignación justificada de quienes encontramos elementos para afirmar que su diseño es inseparable del engaño.

Quienes recibimos ocasionalmente los favores agregados del desvelo, el encierro y la televisión, hemos sido víctimas de la insultante masificación de mensajes que suponen la ignorancia de los receptores y que simultáneamente demuestran el atraso intelectual de sus emisores. Sabemos también que los testimonios fabricados y las celebridades satisfechas son sus hijos predilectos.

Este festín de patrañas debe terminar. En Estados Unidos la Comisión Federal de Comercio fijó criterios para evitar que personalidades públicas participen en embustes publicitarios. Las reglas establecen que cualquier declaración (aún remunerada) debe reflejar una opinión honesta y comprobable. Si una celebridad respalda algún producto está obligada a utilizarlo y su imagen sólo puede explotarse en pantalla mientras mantenga una opinión favorable al respecto. ¿Qué sucede en México? Que el atraso legislativo fomenta la ingenuidad. Aquí, el consumidor tiene que confiar en la “buena fe”, como si tal cosa existiera en el ámbito publicitario.

Los infomerciales son desfiles de estereotipos. Un estudio conducido por Bruce Blaine y Jennifer McElroy, presentado el 2002 en Toronto, revela que las más perjudicadas son las mujeres y las personas con sobrepeso. Los investigadores descubrieron que los “expertos científicos” siempre son hombres, que en los infomerciales para bajar de peso hay más referencias al consumo excesivo de alimentos que a una ingesta balanceada o al ejercicio, y que la grasa corporal suele ligarse a la ineptitud social, la baja autoestima, la flojera y la desdicha.

Otro estudio, realizado en Israel por Amir Hetsroni e Ilan Aya, es de tremenda utilidad para el televidente promedio. Los autores comprueban que -más allá de los aspectos funcionales- al producto suelen asociársele valores clasificables de tipo cultural, como el hedonismo. Así, el comprador puede ampliar su visión y reconocer cuando el impulso de gastar es fomentado por ideas de belleza, aventura, alegría, popularidad, sexo o juventud.

Al final, el exhorto es a la crítica, a la educación; a incentivar una audiencia analítica, inmune a las estratagemas de la telebasura. Una mayor cultura de medios debería traducirse en una estrepitosa caída de sus ventas; es el resultado lógico. Y aunque el engaño pudiera perfeccionarse, habremos atacado el verdadero problema: la ignorancia que invita al abuso. A ver qué logran vendernos entonces…

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Suicidio TV

En el bufet de la programación televisiva se cocinan platillos asombrosos. Los ingredientes habituales son la falta de creatividad, el desdén por la ética, el ansia por los ratings y la convicción de una audiencia pasiva e ignorante. La exacerbación progresiva de estos elementos invita a la reflexión y convoca al rechazo. La tendencia en las pantallas es a lo grotesco: al regodeo de las masas con la exposición de sus miserias, al convite de la humillación premiada, a la fiesta de la indignidad humana y quizá, al retorno de la antigua diversión de atestiguar la muerte de otro.

La idea de un canal de cable que transmita suicidios las 24 horas del día es atribuible al comediante estadounidense George Carlin (1937-2008). En una de sus últimas rutinas, Carlin aseguró que la mezcla de individuos desesperanzados y la mentalidad de los reality shows sería rentable para la televisión. En su avezada crítica social, sostenía que era posible conseguir “voluntarios” que se quitaran la vida frente a la cámara a cambio de unos dólares. “Por dinero. Hay que darles algo”, ironizaba ante las risas del público.

La cartelera cinematográfica ofrece esta semana una película con la misma temática. Aunque fallida en lo general, “Ruleta rusa en vivo” es rescatable por su planteamiento: la producción de un programa de concursos que pretende batir el récord histórico de audiencia con la novedad de un revólver cargado y seis participantes que se niegan a morir pero están dispuestos a dispararse por los 5 millones de dólares que recibirán en caso de sobrevivir.

Si el final no fuera predecible, me negaría a revelarlo. Es claro que tan impactante fenómeno mediático terminaría siendo un éxito comercial dentro de la situación planteada; ficticia en términos reales pero dolorosamente cercana a los límites de lo esperable en estos días.

La tendencia a lo grotesco que detonó esta reflexión surge de un esquema de medios que sacrifica todo por los números, que lucra con la intimidad, el riesgo y el dolor. Creyendo que su continuidad y expansión es el resultado lógico de ofrecer “lo que el público quiere” (y justificando con ello las atrocidades intelectuales que han difundido durante años con la colaboración mal retribuida de supuestos profesionistas) los empresarios de la televisión confían en que la perversión de sus creativos siga recibiendo buenos puntajes en la medición presuntamente confiable de los gustos y deseos de una mayoría que, para su desgracia, avala todo con el silencio.

La convocatoria es al rechazo. Al asfixiamiento consensuado de proyectos que atentan en pantalla contra la dignidad humana. Urge un debate público sobre los medios de comunicación, sobre lo necesario y lo deseable. Ni el consumo irreflexivo ni la apatía razonable: sirve de poco apagar la televisión, especialmente si nos indigna. Este sentimiento debe nutrirse, alentarse y compartirse. Sólo así evitaremos que, cuando el futuro nos alcance, las muertes televisadas dejen de ser una ocurrencia y se conviertan en negocio.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Del alarmismo al miedo

El pavor es inevitable ante la muerte de un ser humano. El video de la balacera en el Metro Balderas lo confirma. Entre la lucha de una persona por sobrevivir y la imagen de un cadáver, existe un momento trágico; un punto final capaz de paralizar a cualquiera y de liberar un torrente de pensamientos sobre la fragilidad y el valor de la vida.

Las escenas captadas por las cámaras de vigilancia pudieron reservarse para la investigación pero fueron presentadas a la prensa. Ocultar información hubiera sido peor y por ello la reacción es comprensible. El verdadero dilema ético debió surgir, entonces, al interior de los medios: ¿transmitir o no el material?, ¿editarlo o exhibirlo íntegramente?, ¿cuáles son las implicaciones de esta decisión?, ¿cómo justificarla?

Esta discusión sobre los límites de lo visible y lo decible tiene antecedentes. Uno de los más importantes fue la transmisión en vivo del linchamiento de tres policías federales en la delegación Tláhuac en el año 2004. Otro episodio, considerado un hito por los analistas de medios, fue la defensa que TV Azteca hizo de su amarillismo luego de mostrar en pantalla el cuerpo ensangrentado del conductor Paco Stanley, asesinado en junio de 1999.

En ambos casos, la naturaleza perturbadora de la información fue su única excusa. Lo mismo ocurrió con el asesino del Metro Balderas. El suceso difícilmente podía ignorarse pero el tratamiento informativo evidenció, nuevamente, la prevalencia del sensacionalismo sobre la seriedad. Como suele suceder, la prensa mexicana optó por la rentabilidad del alarmismo. Faltó profundidad y responsabilidad en el análisis.

En su más reciente libro, los investigadores Marco Lara Klahr y Francesc Barata denuncian que algunos vicios de la “nota roja” son, precisamente, la dramatización y la descontextualización. En este sentido, convendría que los periodistas aprendieran a identificar estos defectos antes de entregarse a la cobertura simplista de acontecimientos cuya resonancia es previsible.

La dramatización, aunque sutil, es más identificable que la descontextualización. Al respecto, los autores abundan: “Los delitos, las agresiones y la mayoría de las transgresiones que entran en conflicto con el sistema penal tienen más que ver con las injustas estructuras sociales que con las personalidades patológicas”. Aplicada al caso del Metro Balderas, esta interpretación ampliaría el hecho hasta sus causas, ubicaría al asesino en su contexto.

¿Cuál contexto? El que se maquilla en la mayoría de los medios, el que la revista Proceso describió como “Brotes de hartazgo social” en la portada de su número 1716. Las razones del asesino del Metro no se entienden sin el desempleo, la pobreza o la ineficacia gubernamental. Tampoco pueden aislarse de la serie de hechos violentos que suceden a diario en México y que alimentan la idea de riesgo constante que, a su vez, tiene atemorizado al país.

Rafael Vidal, académico de la Universidad de Sevilla, señala que la activación del miedo, producto de la construcción del “otro” como enemigo y, por lo tanto, como amenaza, “siempre ha constituido una fuente primordial de autoridad”. Si, como sostuve al inicio, el pavor es inevitable, ¿sería posible que, desde ese impulso, la reacción social fuera diferente? ¿Menos primitiva y más inteligente? La crisis actual tiene el potencial de esclavizarnos o liberarnos, todo depende, insisto, de la profundidad y la responsabilidad del análisis. Esto último, inicia con un manejo profesional y ético de la información.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Celebración forzada

Los mexicanos conmemoran la independencia pero sufren por una crisis que viene “de fuera”, aplauden los ideales revolucionarios pero censuran la insurrección. Son tiempos de contradicción evidente entre las razones históricas del festejo y las condiciones actuales del país. Las fiestas patrias requieren hoy de ignorancia y de optimismo infundado, de individuos que -en el mejor de los casos- ofrezcan en sacrificio las razones válidas de su pesar al placer de la convivencia programada.

El 15 de septiembre es una fecha de cualidades estáticas. Ha permanecido en el tiempo como una noche colorida de gozo patriótico, pese al conjunto de eventos que podrían oscurecerla. El molde de esta verbena incluye también a los medios de comunicación. Ese día, la novedad es lo de siempre porque no hay tradición sin repetición. Y aunque la violencia rampante no distinga efemérides, la versión difundida será de paz y de unidad; últimamente más por consigna que por descripción.

Hace un año, mientras dos granadas explotaban en la plaza principal de Morelia, la televisión nacional era pura diversión. Televisa y Televisión Azteca ignoraban el hecho como si la maquinaria informativa que suelen presumir sufriera de parálisis momentánea. La exclusiva fue de Cadena Tres, un canal que hizo más con menos recursos. La programación se interrumpió y los micrófonos se abrieron a la confusión que reinaba en la capital michoacana.

Sin enjuiciar la especulación inherente a la transmisión en vivo de un suceso de esta naturaleza, con tantas interrogantes y cabos sueltos, el esfuerzo periodístico resultó loable. Aún más, tras el ejercicio de un simple zapping que demostraba el doloroso contraste entre la realidad y el circo: la tragedia por un lado y la celebración forzada por el otro.

El martes pasado, cuando políticos de dudosa representatividad y cuestionable calidad moral agitaban sonrientes el lábaro patrio frente a sus gobernados en todos los rincones del país, descubrí que la lucha por la libertad se pierde cuando termina, cuando la certeza de la victoria anestesia la percepción y abre paso a la desidia que, a su vez, patrocina el retroceso y amenaza los logros alcanzados.

La paradoja mexicana encuentra en el festejo su desgracia. Sólo ahí, en la comodidad de una soberanía asegurada y de una independencia que no requiere ajustes posteriores, habrá de perderse lo ganado. La información es un factor clave para revertir esta tendencia. La sociedad difícilmente saldrá del letargo si continúan ocultándosele datos que, para otros, explican el sentido de urgencia y el llamado a la movilización.

Los actuales son tiempos violentos que justifican la militarización de las calles, de hoyos financieros que requieren de impuestos a los pobres para ayudar a los pobres, de simulación para minimizar la crisis. El ánimo triunfalista, sello de estas fechas, puede esperar a épocas mejores, e incluso entonces, bajar la guardia sería riesgoso.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Periodismo golpeador

La confusión entre libertad de expresión y libertad de extorsión ha permitido la proliferación de toda clase de mafias en el ámbito periodístico. Ocultos en las redacciones o detrás de los micrófonos, los mercenarios de la información subordinan el interés noticioso a lo que de buena o mala gana pueda ofrecerles el mejor postor. Esta plaga que amenaza con seguir expandiéndose, pone en riesgo la credibilidad y la continuidad de los medios de comunicación que -en contraste- buscan conducirse con seriedad y apego a la ética.

La subasta de titulares, producto de una agenda negociable, debe detenerse. Nada perjudica más a la prensa libre que el lloriqueo de los comunicadores que se convierten de un día para otro en ardorosos defensores del derecho a la información cuando sienten amenazada su posición o cuando su principal benefactor decide retirarles el apoyo que los mantenía en la más cómoda docilidad.

Algunos informadores se entregan al periodismo golpeador por necesidad o ignorancia. Ambos factores se atacan desde la profesionalización. Si todo lo que puede aprenderse está “en las calles” como suelen sostener los reporteros empíricos, existe la posibilidad no sólo de ignorar nociones elementales sino de limitar los conocimientos y las habilidades que les permitirían el acceso a empresas de alcance nacional o internacional que, por su naturaleza, ofrecen mejores condiciones.

Aunque por su cualidad impositiva genere rechazo, la regulación de la prensa es otra opción. En el caso mexicano, esta propuesta encontraría dos grandes problemas: la desconfianza en las instituciones y una clase política excesivamente partidista. Estos inconvenientes podrían superarse con un auténtico debate público y una legislación diseñada minuciosamente por expertos, sin ambigüedades ni espíritu vengativo.

La necesidad irá creciendo hasta volverse urgente. Tarde o temprano, pero quizá sólo cuando se sientan desafiados, los legisladores deberán asumir el costo político de reformar las leyes que han permitido la concentración de los medios de comunicación y la multiplicación de los agravios a una sociedad que debería tener derecho a la pluralidad informativa.

El caso de Argentina es ejemplar. La propuesta para una nueva ley de medios, impulsada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha generado innumerables críticas desde los grupos monopólicos que controlan la televisión y que ahora pretenden paralizar al país. Sin embargo, la mandataria sigue firme en su convicción de que los ciudadanos merecen escuchar todas las voces y pretende abrir nuevos canales para universidades, sindicatos, iglesias y organizaciones no gubernamentales.

Desde este espacio hago pública mi esperanza de que algún día podamos reír juntos al recordar los tiempos en que México era controlado por el duopolio televisivo y las mafias mediáticas. Ese día, nos llamaremos sobrevivientes pero también visionarios.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El informe fallido

Más cercano a la farsa que a un acto republicano, el mensaje que Felipe Calderón pronunció desde Palacio Nacional evidencia la confusión del presidente entre la burda autopromoción y las condiciones para una verdadera rendición de cuentas. No es suficiente con exculparse y llamar a la unidad. Tampoco basta con entonar el himno y hacerse acompañar de burócratas aduladores. Los requerimientos son, para desgracia del mandatario, mucho más complejos.

Desde el punto de vista teórico, la “rendición de cuentas” en Norteamérica puede rastrearse a un ensayo publicado en 1999 por Andreas Schedler, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Viena. Schedler reconoce dos dimensiones básicas de este concepto: la obligación de los funcionarios de comunicar y justificar sus decisiones en público, y la capacidad de sancionar a los políticos que incumplan sus deberes.

El informe no debería ser un listado de logros, e incluso si lo fuera, Calderón se quedó corto. A falta de indicadores que justificaran el optimismo característico de los funcionarios que viven disociados de la realidad, el presidente leyó un discurso cuyo mensaje clave podría resumirse en la impotencia de su administración para cumplir promesas y ofrecer resultados frente a los “desafíos históricos” de la actualidad. En pocas palabras: se hizo lo que se pudo hasta el “límite de posibilidades que tiene el gobierno federal”.

La noción de imposibilidad evoca la idea de agentes externos que impiden el desarrollo nacional. Si consideramos que situaciones emergentes como la crisis económica internacional y la pandemia de influenza fueron especialmente perjudiciales para México, habríamos de cuestionarnos si existieron elementos internos que las hayan potenciado. En este punto quizá descubramos lo que el Ejecutivo federal no pudo reconocer o al menos no externó: más allá de las limitaciones, el fracaso mexicano es producto de la incapacidad.

Si el primer paso en la resolución de un problema es la aceptación de su existencia, descubriremos que la situación actual no es alentadora. Si la “Guerra contra el narcotráfico” es lo mejor que nos pasó en los últimos tres años, ¿qué podemos esperar de la segunda mitad del sexenio? ¿Qué más podría ofrecernos un gobierno que provocó un incremento en las violaciones a los derechos humanos en su lucha por la proteger a los ciudadanos?

Las arcas nacionales han patrocinado durante años un montaje para ocultar la contundencia de los hechos. Jean Baudrillard, sociólogo francés, decía que en la actualidad se confunde realidad con simulación y que los involucrados son incapaces de notarlo. Así pues, en el caso mexicano, el estallido de violencia encontrará su explicación en ese simulacro y tenderá a reforzarlo.

Si la rendición de cuentas fuera más que una ilusión, Felipe Calderón estaría obligado a responder por los compromisos que hizo en campaña y por las leyes que juró defender. Un año más que se esfuma la posibilidad de progreso, uno más que en México se confirma lo que Carlos Pellicer llamó el “esplendor ausente”. Otro informe fallido, uno más a la lista de los agravios que terminarán impunes.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Segunda opinión

En el mundo de los consultorios y los médicos suele utilizarse la expresión “segunda opinión”. Esto implica que el diagnóstico es insuficiente, especialmente si requiere de una intervención quirúrgica o si fue detectada alguna enfermedad degenerativa. En este caso, el paciente inicia una búsqueda de datos que le permitan comprender su situación para dar el siguiente paso.

Existe una relación directa entre información y decisión. El hombre de negocios, por ejemplo, habrá de analizar detalladamente el mercado, la competencia, el marco legal y la estabilidad económica si pretende disminuir el inevitable riesgo de invertir. Este esquema se repite en casi todos los ámbitos. Así pues, en un país como México -donde la principal fuente de información es la televisión- resulta preocupante que la “segunda opinión” sea idéntica a la primera y que las opciones terminen ahí.

Televisa y Televisión Azteca conforman lo que algunos llaman “el duopolio televisivo”. En sus canales concentran no sólo a la mayoría del público sino la única versión disponible de la realidad para millones de mexicanos porque, en la práctica, suelen repetir el mensaje aunque modifiquen las formas. La aparente competencia entre emisoras podría reducirse a un asunto de caras y colores.

La concentración de medios de comunicación no le conviene a nadie fuera de los concesionarios y del gobierno. Los ciudadanos, aunque desconozcan los riesgos históricamente comprobables de la centralización informativa, no deberían ignorar que el Estado está obligado a garantizar la libertad de elegir. Este derecho, pieza fundamental del liberalismo teórico, pasa necesariamente por la libertad de asociación y de prensa.

Cuando el Estado, en lugar de promover una opinión pública informada, limita las fuentes de información y negocia con las existentes una línea editorial complaciente, no está defendiendo a la ciudadanía sino los intereses personales y políticos de quienes supuestamente deberían representarla. Así es como se transita hacia el totalitarismo y se le financia indirectamente con el erario.

Reducir la cobertura informativa o dirigirla hacia temas cómodos pone en peligro la integridad gubernamental. La prensa libre es clave para controlar la corrupción, señala Paul Starr, investigador en Comunicación y Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton. “Decir que la corrupción brota más fácil cuando los que tienen el poder no le temen a quedar expuestos no es una simple especulación”, sostiene el catedrático.

La televisión oculta más de lo que informa. Una sociedad conformista que replica una visión parcial de la realidad, patrocinada por la administración en turno con fines propagandísticos, atenta contra su libertad sin saberlo. Es necesaria una mayor diversidad de voces. Habrá que exigirlas porque en asuntos nacionales, incluso una auténtica “segunda opinión” sería insuficiente.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Guerra de los mensajes

Tiene hasta el lunes para enviar su mensaje al espacio. El sitio de Internet http://www.hellofromearth.net/ está recopilando textos que -con ayuda del gobierno australiano y de la NASA- serán enviados a Gliese 581d, un planeta fuera del sistema solar con características similares a la Tierra. Esta transmisión que pretende celebrar el año internacional de la Astronomía tardará al menos dos décadas en llegar a su destino final.

Hasta ahora más de 20 mil cibernautas han participado. Algunos aprovechan para ofrecer su amistad a presuntos seres extraterrestres, asumiendo que en caso de existir logren decodificar la información enviada. Una cantidad importante de mensajes proclama a los seres humanos como una raza pacífica, aunque la historia compruebe justo lo contrario.

En términos reales, el progreso tecnológico de la humanidad se debe a la prevalencia de hostilidades. No olvidemos que la carrera espacial y su euforia por conquistar la Luna se desarrolló en el contexto de la Guerra Fría, cuando las superpotencias mundiales buscaban imponerse. Algunos investigadores, como Eugenio Tironi y Ascanio Cavallo, sostienen que se trató de una “lucha comunicacional”, una batalla donde las imágenes tenían más relevancia que los hechos.

Enjuiciar las innovaciones surgidas en tiempos de conflicto es un ejercicio complejo. Algunas se han adaptado a la vida cotidiana y otras continúan afectándola negativamente. Es el caso de la propaganda que busca manipular a la opinión pública y que a la fecha se mantiene en la lista de estrategias favoritas de los gobiernos. Guerra y Comunicación, dicen Tironi y Cavallo, siempre han ido de la mano.

En las luchas de la actualidad, las balas se sustituyen por mensajes y el control territorial por el posicionamiento mediático. La importancia de los medios es tal que su control se ha vuelto prioritario para la clase política, especialmente para quienes disfrutan las comodidades de su puesto gracias a una campaña publicitaria exitosa.

En México, la llamada “Guerra contra el narcotráfico” ha desatado un choque monumental de posturas. El crimen organizado no sólo delinque, también ha comprendido la importancia de luchar en el frente comunicativo. El hecho de que las instalaciones del Siglo de Torreón fueran atacadas esta semana y no se hayan reportado lesionados debe interpretarse como un aviso.

En el ámbito partidista ha comenzado la guerra por la sucesión. Los gobernantes que serán relevados apoyarán irremediablemente a las opciones que garanticen la continuidad de su influencia, aunque nieguen el acto por su ilegalidad. Se acercan tiempos de enfrentamiento. Las páginas de los periódicos serán testimonio de este choque de declaraciones.

En épocas donde el discurso altera la realidad, conviene recordar que los hechos son más perdurables que los dichos. Si los supuestos habitantes del planeta Gliese 581d pudieran observar a la humanidad descubrirían que las proclamas de paz desde la Tierra ocultan a una raza profundamente conflictiva. Quizá tiene razón un cibernauta estadounidense que escribió: “Por favor, sálvenos de nosotros mismos”.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Declaraciones prefabricadas

Los periodistas tienen la vocación de preguntar pero los políticos no tienen la de responder. Un funcionario experimentado suele aprovechar los cuestionamientos de la prensa para reforzar su posición en lugar de revelar los datos u opiniones que se le piden. Y aunque suele pensarse que esta habilidad es exclusiva de los experimentados o “colmilludos”, sólo requiere de frases genéricas fácilmente identificables.

Una de estas expresiones es “trabajo conjunto”. Su utilización es tan popular que en la base de noticias Google News la combinación de palabras arroja cerca de 22 mil artículos informativos. Si la declaración es sobre pobreza: “trabajo conjunto”. Si tiene que ver con inseguridad: “trabajo conjunto”. ¿Qué significa esto? Que el político elude su responsabilidad, se vacuna contra la ineficacia o simplemente tiene poco que decir.

Un ejemplo reciente: la cumbre de Líderes de América del Norte en Guadalajara. La reunión entre los presidentes de Canadá, Estados Unidos y México fue, al menos en las declaraciones públicas, totalmente infructuosa. Al final se informó que Canadá no modificaría las visas obligatorias ni Estados Unidos su política migratoria. ¿Cuáles fueron los acuerdos? ¡Continuar el trabajo conjunto!

Otra frase genérica, empleada graciosamente por políticos conscientes del pacto de impunidad que impera en el país, es la que evade fijar una postura sobre algún asunto sensible, cediéndolo a las “autoridades competentes”. Una pregunta hipotética para ejemplificar: “¿Qué opina de los presuntos abusos por parte del Ejército en la guerra contra el narcotráfico?”. La contestación de acuerdo a la fórmula sería: “Confío que el tema sea resuelto por las autoridades competentes en estricto apego a derecho”. ¿Qué autoridades?

Si el declarante conoce la instancia, ¿no debería señalarla? ¿Para qué la vaguedad? Para lavarse las manos. Como lo hizo el presidente Felipe Calderón, cuando en la conferencia de prensa con Obama y Harper habló de las denuncias por violaciones a los derechos humanos en México. El mandatario retó a que se demuestre un solo caso en que “no hayan respondido las autoridades competentes”.

El problema es que, en sentido estricto, las autoridades correspondientes no siempre son competentes. Mientras Calderón recurría a los tribunales militares en su discurso, la Suprema Corte desechaba la posibilidad de que los elementos castrenses fueran juzgados también como civiles. La protección al fuero militar fue opacada informativamente por la detención de un sujeto que habría recibido “pormenores” para atentar contra el presidente. Todo esto, el mismo día.

El cinismo de quienes se entrenan en la mentira no tiene límites. El político también puede jugar al sordo, ignorar las preguntas y protagonizar un monólogo. En esta categoría, la revelación del año es César Nava, recién estrenado dirigente del PAN.

Las respuestas prefabricadas requieren la pasividad de quien sostiene la grabadora o el micrófono y siguen colándose en los titulares por falta de información o de criterio. En la medida en que la prensa deseche este tipo de declaraciones, los protagonistas de la noticia dejarán de serlo, a menos que prueben con la honestidad o cambien de estrategia.