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miércoles, 13 de mayo de 2009

Mercado de opiniones

En el mercado de la opiniones, todas las posturas encuentran su espacio y su crítica. Opinar es empeñar la credibilidad en defensa de una convicción que surge de un entorno marcadamente complejo; es un acto comprometedor del periodismo que decide apostar un nombre y una visión, a la incertidumbre del devenir y sus juicios. Pese a la contundencia de algunas voces autorizadas o a la cualidad refrescante de sus argumentos, sólo existen tres tipos de opiniones.

Esto, a partir de los códigos interpretativos propuestos por un teórico jamaiquino de nombre Stuart Hall. Para él, cualquier suceso tiene tres lecturas: la hegemónica, la negociada y la opositora. Esto significa que ante cualquier tema las opiniones pueden reforzar la postura dominante, cuestionar sin criticar o simplemente desacreditar. La epidemia de “influenza humana” sirve de ejemplo.

De inspiración presidencial, el mensaje central de este ejercicio de análisis será: “El gobierno mexicano actuó de forma oportuna y correcta ante la emergencia sanitaria”. La lectura hegemónica, según Hall, arrojaría argumentos a favor del enunciado. Los encontraremos, sin falta, en la televisión y en las figuras emanadas de ella.

El elegido es Joaquín López-Dóriga, quien escribió para el periódico Milenio que el presidente se asumió “al frente de la emergencia” como un jefe de gobierno que “se hace sentir”. Además, el comunicador dijo que “debe aceptar” que Felipe Calderón es avalado por las cifras, los resultados y las encuestas. Para él, esto es lógico y natural.

Vamos ahora a la postura negociada, donde caben algunas contradicciones. En este caso, quien opina comparte gran parte de la interpretación dominante, pero añade elementos propios. Opté por un texto de Macario Schettino publicado en El Universal.

Este investigador, autor de 15 libros, admite que el mundialmente célebre virus A/H1N1 es tratable con los antivirales existentes y que quizá no era para tanto. Sin embargo, señala que el gobierno desconocía inicialmente esa información y aplaude que no arriesgara al país. Schettino se queja de la prensa que ataca permanentemente al gobierno, pero tampoco pugna por defenderlo.

En ese sentido, Stuart Hall habla de la lectura opositora, aquella que entiende la opinión dominante, aunque no la comparte. El contexto de quien percibe el tema, lo coloca en una posición contraria. Viene a mi mente Julio Hernández López, columnista de La Jornada.

El autor de “Astillero” afirma que las medidas contra la epidemia fueron exageradas intencionalmente por el gobierno federal, “en función de sus necesidades de legitimación y de sus cálculos electorales y políticos”. Para Hernández López, los riesgos de la influenza fueron tardíamente detectados por una administración que “mantiene en el abandono” el curso de los asuntos públicos.

Al final, esta teoría agrega elementos de juicio a los lectores, televidentes y radioescuchas que prefieren un punto de vista sobre otro. Es también una herramienta básica para una sociedad que requiere, urgentemente, de consumir en forma cada vez más inteligente el contenido de los medios de comunicación.

miércoles, 29 de abril de 2009

Influenza mediática

Cortina de humo, eso es la “influenza porcina” en los medios de comunicación. Sin negar la epidemia, resulta preocupante que el panorama informativo haya sido eclipsado por el tema. Pareciera que, de pronto, nada relevante sucede en el país si no está relacionado con la enfermedad. La crisis económica, el narcotráfico y las controversias electorales fueron sustituidas por cátedras sobre el tapabocas y exhortaciones a la calma.

Los medios se justifican y aseguran que su cobertura es un servicio social. Reiteran que no pretenden causar pánico, cuando ha sucedido justo lo contrario. Siendo la fuente primaria de noticias, la televisión ha sido irresponsable y alarmista, aunque lo niegue. Los hechos apuntan hacia otra dirección: el tono de sus conductores, la musicalización dramática y el uso de información no confirmada.

La salud queda en segundo plano y se aprovecha la contingencia para lucrar con el miedo. Si la preocupación humanista de los medios fuera genuina, el tema de la “influenza porcina” podría tratarse ampliamente desde un enfoque científico. Por el contrario, ha prevalecido la información superficial y politizada.

Lo que podría ser un debate entre batas blancas, se convirtió en un desfile de corbatas. ¿Por qué los datos “más confiables” de la epidemia vienen de fuentes gubernamentales? Así lo decide el periodismo oficialista que otorga la autoridad de epidemiólogos a políticos con tapabocas que tropezadamente opinan como científicos improvisados. ¿No serían más reveladoras las declaraciones de un académico o investigador que las hipótesis y recomendaciones de un funcionario convertido en “experto” por la magia de la generación espontánea?

Si la prensa informara exhaustivamente, habría encontrado nuevas aristas del tema. Por ejemplo, el hecho de que la enfermedad es motivo de regocijo para las empresas farmacéuticas que acaparan las vacunas y los antivirales. Esta semana, las acciones de GlaxoSmithKline y Roche -hasta ahora únicas tenedoras de la cura- han aumentado 2.42 y 3.51 por ciento, respectivamente. Y de las ganancias, ni hablar...

¿Por qué un tapabocas de 50 centavos puede costar 50 pesos? La epidemia es un negocio y también se manifiesta en las “compras de pánico”. Sucede que ante la información “responsable” de los medios, los mexicanos decidieron que la mejor idea era aglutinarse en clínicas, hospitales y supermercados. El riesgo de contagio aumenta con la paranoia y su origen puede rastrearse con un control remoto.

¿Por qué mutó el virus? ¿De dónde viene? ¿Por qué no conocemos los nombres de las víctimas? ¿Por qué depende México de patentes extranjeros? ¿Hace falta inversión en ciencia y tecnología? ¿Por qué hay muertes si existe una cura y abunda la información? ¿Por qué los préstamos extranjeros si, en teoría, teníamos todo para combatir la epidemia? ¿Cómo se recuperará la actividad económica? Fuera de los ambulantes, las farmacéuticas, los políticos y los medios de comunicación, ¿alguien más podría capitalizar este distractor?, ¿quién y para qué? Al final, hay más preguntas que respuestas.