miércoles, 29 de julio de 2009

Declaraciones invertidas

Confieso que fue imposible reprimir la carcajada que me provocó el optimismo presidencial del martes pasado. En un discurso con motivo del aniversario de las Leyes de Reforma, Felipe Calderón afirmó enfático que México es “una de las naciones con mayor libertad de expresión de ideas y de comunicación, sin restricción alguna”. De corta memoria, el mandatario olvidó que el último en gritarle “¡No hay libertad!” fue detenido por el Estado Mayor.

Nelson Vargas se equivocó cuando, ese mismo día, fue entrevistado de forma extrañamente simultánea en los informativos nocturnos de Televisa y TV Azteca a nivel nacional. El empresario que sufrió el secuestro y muerte de su hija lamentó que el país se esté desmoronando. Sin embargo, invitó a la sociedad a confiar en las autoridades, en el presidente. “Si no ¿en quién creemos?”, preguntó.

En nadie, respondería yo, menos en un político. ¿Quién fue el último en ganar nuestra confianza y en qué terminó la historia? La necesidad de “creer en alguien” invocada por Vargas es el negocio de unos y la desgracia de otros.

Tras numerosas decepciones y a partir del ejercicio periodístico, he descubierto que la verdad en las declaraciones de un político se encuentra en la inversión de su sentido. Como en toda regla hay excepciones, pocas y honrosas. Lamentablemente para los demás, para los mentirosos, los hechos pueden más que las palabras. Los ejemplos sobran:

¿Cuánto tiempo se dijo que en Puebla no había presencia del crimen organizado, que era un “estado de paso”? Esta semana el discurso cambió radicalmente ante la detención de presuntos “Zetas” en un centro comercial de San Pedro Cholula. Ahora sí, resulta que la delincuencia está por todas partes y nadie se salva. Como si fuera novedad.

A nivel nacional, escucharemos a Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México, negando que se desvíen recursos para promocionar su imagen. Como si las investigaciones difundidas por el periodista Jenaro Villamil necesitaran confirmación, las revelaciones de un periodista español reavivaron la controversia.

José María Siles, director de una agencia de noticias con sede en Bruselas, fue contratado por Televisa para realizar la cobertura del Foro Mundial del Agua en marzo de este año. Se le pidió especial énfasis en la figura de Peña Nieto, quien según su contacto en la televisora será “el próximo presidente de México”. En días recientes, el informador denunció que no sólo siguen sin pagarle sino que pretendían hacerlo con el erario mexiquense. ¿Van a seguir negándolo?

La regla de las declaraciones invertidas puede aplicarse también a César Nava y su desmentido permanente del dedazo presidencial. ¡Vaya! Elija usted su tema y personaje favorito, el margen de error es mínimo. Cambiemos los aplausos por las preguntas, la justificación por la exigencia. Dejemos de creer y cuando los políticos padezcan los efectos, buscarán recuperar la confianza. Eso nos conviene a todos.

miércoles, 22 de julio de 2009

Si yo fuera presidente

Una frase célebre del priísmo, atribuida al ex gobernador mexiquense Carlos Hank González, sostenía que “un político pobre es un pobre político”. Hoy en día, la nueva moneda de cambio es el rating, así lo sugieren las páginas del libro “Si yo fuera presidente” del periodista Jenaro Villamil. La confusión entre el nivel de audiencia televisiva y el grado de eficacia política es la esencia del texto editado por Grijalbo que tiene como personaje central a Enrique Peña Nieto.

El mandatario de la sonrisa y el copete perfecto, carta fuerte del PRI para las elecciones del 2012, es escudriñado por el reportero de la revista Proceso. Villamil describe el inicio desangelado de su carrera política, su papel en la administración del infame Arturo Montiel y la historia de su camarilla: el “Grupo Atlacomulco”, cuyo máximo exponente fue Hank González.

El autor afirma que Peña Nieto es protagonista de un reality show que -según la primera factura- ha costado más de 740 millones de pesos. La “Estrategia Integral de Comunicación” abarcaría recomendaciones, redacción de discursos, manejo de crisis, diseño de mensajes y preparación para los medios; además de la inversión en televisión.

Este punto desató la polémica. El periodista señala que el gobierno del Estado de México contrató los servicios de Televisa a través de empresas intermediarias como “TV Promo” y “Radar Servicios Especializados”, a fin de maquillar los gastos reales. Las tácticas de mercadotecnia política incluirían el infobranding, es decir, propaganda disfrazada de información.

Eso explicaría la presencia constante del gobernador mexiquense en la pantalla. Los monitoreos son contundentes, por ejemplo, los resultados de la medición promovida por el Senado de la República durante la discusión de la reforma electoral. En cuestión de 15 días, Enrique Peña Nieto había aparecido 700 veces en la televisión, seguido de Marcelo Ebrard con 449 menciones. El tercer lugar lo ocupaba Manlio Fabio Beltrones con menos de 30. ¿Por qué la diferencia?

En una inusual reacción a la crítica, Televisa publicó un desplegado hace unas semanas contra Jenaro Villamil y Carmen Aristegui, quien comentó el libro en su programa de radio. La empresa llamó mentirosos a los informadores. Argumentó que el Estado de México es la entidad federativa con mayor población y que los contenidos se planifican en proporción a la audiencia interesada.

Así pues, con lo que podría ser la creación de un nuevo factor de interés periodístico -de tipo demográfico- la televisora defendió la cobertura al mandatario mexiquense. Habrá que exhortar entonces a Veracruz, Guanajuato y Nuevo León a que reclamen su derecho de pantalla e ignorar a Baja California Sur y a Colima por falta de quórum.

Si Villamil es un “periodista de consigna” y un difamador, como acusa la televisora, es tiempo de abrir los contratos. Si el Estado de México está interesado en la transparencia y la rendición de cuentas es momento de probar que la popularidad del “viudo de oro” no se fabricó al margen de la ley.

miércoles, 15 de julio de 2009

La Nueva Era

Cuando surgió Internet quizá nadie imaginaba que terminaría abarcando y superando a los demás medios de comunicación. Leer noticias, ver programas de televisión y escuchar la radio son algunas virtudes de este conjunto descentralizado de redes que ahora concentra las funciones de otras tecnologías cuya utilidad y vigencia están cuestionadas ante el crecimiento exponencial de la Web.

Quienes tenemos más de 20 años sabemos lo que era la vida sin Internet. Habrá que decirlo en voz baja para no provocar el pánico de quienes, en su adolescencia o infancia, no imaginan una existencia tan rústica. Los demás -jóvenes, adultos o ancianos- tuvimos que abordar un tren que a su paso amenazaba con la obsolescencia.

Fuimos testigos de su nacimiento y desarrollo, desde sus inicios -accesibles para pocos- hasta su total expansión; sin olvidar la época en que los discos de “instalación” se regalaban a la menor provocación o salían en las cajas de cereal. Eran tiempos del texto y del diseño simple, los portales conocidos eran pocos y tardaban minutos en descargarse. Con la línea telefónica ocupada, la brevedad era la regla.

Hoy la realidad es diferente. El ancho de banda, entendido como la cantidad de datos que puede transmitir la conexión en un periodo de tiempo dado, permite descargar películas enteras. Los códigos de programación se disfrazaron de herramientas de fácil manejo. Inició la “Web 2.0”: una nueva era en la historia de Internet.

El término atribuído a Tim O’Reilly, graduado de Harvard y creador del primer portal de America Online, implica el intercambio ágil de datos y el aumento en la interactividad de los usuarios. Así surgieron las redes sociales, los blogs y los proyectos de construcción colectiva del conocimiento como la Wikipedia.

Lejos de simplemente consumir los contenidos, los usuarios tienen el poder de crearlos, comentarlos y modificarlos. El modelo de comunicación unidireccional que apela a la pasividad de la audiencia se transformó en la coautoría irreversiblemente democrática del medio de medios.

La implicaciones son enormes. Por eso Michael Wesch, antropólogo de la Universidad de Kansas, sostiene que deberán repensarse conceptos como la identidad, el comercio, los derechos de autor y la privacidad.

Los medios de comunicación convencionales también cambiarán. La ciudadanización es inminente. La televisión lo sabe y abrió espacios para exhibir los videos y las fotografías de su audiencia. La radio conservará y ampliará su auditorio a través de la Web. Los periódicos -presuntamente en la antesala de la extinción- mantendrán su influencia si vinculan la edición impresa con su portal de Internet y si privilegian el análisis sobre las notas.

Se habla ya de la Web 3.0, de la inteligencia artificial. Lo cierto es que Internet es desde su origen un experimento colectivo. Nada está escrito y lo que viene, sin duda, es inimaginable…

miércoles, 8 de julio de 2009

Mentiras de siempre

El ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, afirmaba que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Esta noción caduca, reforzada por un electorado subestimado desde el poder, mantenía vigente la dictadura del spot que amenazó durante años a la democracia mexicana. Quienes creían que podían gobernar sólo con publicidad fueron derrotados el domingo pasado.

Las campañas mediáticas fueron poco eficaces para los institutos políticos, independientemente de su resultado en las urnas. Si la invasión histórica de millones de spots cumplió los propósitos de la reforma electoral, ¿cómo se explica el enorme abstencionismo? Si la repartición paternalista de tiempo aire pretendía darle equidad al proceso, ¿por qué los partidos grandes continúan siéndolo y los pequeños siguen desahuciados? Porque Goebbels estaba equivocado.

Lo sabe el PAN y su ex dirigente, Germán Martínez, quien se ha convertido en un monumento viviente al servilismo mal pagado. La estrategia de polarización que triunfó en 2006 -cuando millones de mexicanos votaron por Felipe Calderón para salvar del “peligro” a su país- resultó contraproducente esta vez.

En tiempos de crisis y violencia, la exhortación para “apoyar al presidente” estaba destinada a fallar. Lo mismo sucedió con el planteamiento incoherente de que elegir a otros partidos era patrocinar al crimen organizado. Tampoco sirvieron las celebridades: ni la moral fabricada de un luchador, ni el embarazo de una medallista olímpica.

La dictadura del spot intentó trasladar la inocencia de una niña al dirigente de PRD, Jesús Ortega, “el tío Gamboín de la política”, como lo bautizó Rafael Cardona, comentarista de Grupo Fórmula. No funcionaron las disculpas, las cumbias, los diálogos de cocina o la cercanía física de “Chucho” con supuestos desempleados. Quizá “Marianita” convenció a algunos; la mala noticia es que los menores no votan.

Otros que se equivocaron fueron los limosneros del legítimo: PT y Convergencia. Con una credibilidad equiparable a la de una colecta por las ánimas del purgatorio, estos partidos optaron por reforzar en los medios a un personaje que no contendía por ningún puesto y que tampoco lo necesita: en el país imaginario que “gobierna” los caprichos han superado a las leyes.

Los ecologistas celebran su cuarto lugar, sabedores que la campaña pudo arrojar mejores números rumbo al trueque del 2012. El siete por ciento del Partido Verde es una cifra más próxima a los votos nulos que a los partidos grandes. Los anulacionistas no organizaron conciertos, ni recibieron el apoyo “voluntario” de figuras del espectáculo, ni gastaron 30 millones de pesos en playeras.

Los mensajes más creativos en su diseño fueron los del Partido Socialdemócrata, instituto que ahora yace en la fosa común de la representatividad parasitaria. La hipótesis se comprueba: la propaganda en medios fue secundaria, incluso para el Revolucionario Institucional. Los políticos deberán replantear sus estrategias y reconocer que su efectividad dependerá de un electorado que ya se vacunó contra las mentiras de siempre.

viernes, 3 de julio de 2009

¿Quién gana?

Si consideramos que siete de cada diez mexicanos en edad de votar no asistirán a las urnas -como estima el Tribunal Electoral- y sumamos a esto la posibilidad de que los votos nulos superen porcentualmente a los “partidos pequeños”, descubriremos que el 5 de julio de 2009 es un día tristemente célebre en la historia de la democracia mexicana.

El ganador definitivo será el abstencionismo, un fenómeno que se agrava en las elecciones intermedias y que está relacionado con factores sociales y geográficos. Esta comprobado, por ejemplo, que la falta de participación política está focalizada en los estados del centro de la República; a diferencia del Bajío, una zona donde las mediciones arrojan una mayor satisfacción ciudadana con el sistema partidista y las expectativas éste que genera.

Otra variable es el nivel socioeconómico. Se ha detectado que a mayor necesidad, mayor participación. Esto explica que las élites prefieran distanciarse de los procesos electorales y justifica la naturaleza de las propuestas, los mensajes y el tono de las campañas.

La confianza en las instituciones es otro factor que incide en el abstencionismo. En este rubro, y con justa razón, México está reprobado bajo todos los estándares internacionales. Los índices de gobernabilidad publicados esta semana por el Banco Mundial nos empatan con países como El Congo o Bosnia y Herzegovina, con la peor calificación en 12 años en materia de inestabilidad política y violencia.

Esta realidad que exige disculpas, enmiendas, compromisos y soluciones, sigue sin afectar a los partidos políticos, instituciones que continúan sin mirarse al espejo. El “movimiento anulacionista“, promovido por intelectuales y comunicadores de primer nivel, podría haber terminado en anécdota. Sin embargo, la soberbia partidista y su renuencia a confesar culpas lo ha empoderado de tal forma que, en las elecciones del 2012, podría convertirse en la cuarta fuerza política del país.

Aún con las interrogantes provocadas por el voto nulo, quizá se trate temporalmente de la mejor opción. Los promotores de elegir “a quien sea, mientras sea alguien” suelen ser quienes viven de las elecciones. Sin los recursos y la vistosidad de los partidos, los anulacionistas han marcado estas elecciones con el malestar y el desencanto que -como afirma la politóloga Denise Dresser- no deberían subestimarse.

miércoles, 1 de julio de 2009

¡Viva el show!

El gobierno federal sigue impulsando la campaña de promoción turística “Vive México” con la complicidad de las televisoras. El nacionalismo emanado de las pantallas pretende resolver un problema provocado por las decisiones de quienes –desde la administración pública- hoy se lanzan al valeroso rescate del turismo y la economía.

Crear problemas para “resolverlos” después es la estrategia distintiva del gobierno en turno. El aumento al precio de los combustibles es el ejemplo perfecto: un tema que se negó en campaña, se aplicó de forma “escalonada” y luego fue suprimido por decreto presidencial en supuesto apoyo a las familias mexicanas. Esto cuando, irónicamente, el daño estaba hecho.

Lo mismo sucede con “Vive México”, una aglomeración de mensajes que representa el remedio a una enfermedad autoinducida. Felipe Calderón, firmante de la receta, fue cómplice del tiro de gracia a una economía tambaleante. En épocas de la contingencia sanitaria, el discurso que incitaba a resguardarse “en casa” durante cinco días frenó el flujo de efectivo y precipitó la peor etapa de la crisis.

El Ejecutivo federal, que irresponsablemente llamó a la parálisis para reforzar su posición de mando, apareció acompañado de figuras del espectáculo para invitar a descubrir las maravillas de México, un país cuya imagen ha sido golpeada internacionalmente con testimonios generados por el pánico que los medios nacionales han justificado con su oficialismo.

¿Por qué creer en artistas, cantantes y actores? Pensar que las voces de “Vive México” están comprometidas con la causa, nos obligaría a examinar las convicciones izquierdistas de Ana Gabriela Guevara, los pronósticos labastidistas de Juan Gabriel, los motivos de Angélica Rivera y la defensa de Chespirito al “gobierno del cambio”.

La dignidad del medio artístico se limita a los contratos y los acuerdos económicos. Las declaraciones de Raúl Araiza, actor e imagen del Partido Verde, representan la constante. Araiza dijo recientemente que no apoya la pena de muerte, ni las propuestas difundidas por el instituto político. Aseguró que su participación en la campaña fue producto de un casting que podría haberlo llevado a comerciales de Coca-Cola o Marinela. Para él, da igual.

Hablar de lugares, paisajes, olores y sabores, difundir las bellezas naturales y la gastronomía mexicana, e incitar al turismo con la colaboración de la prensa son las nuevas argucias de un sistema político cuya asfixia representa máximos históricos. ¿Qué corresponde a los ciudadanos? Analizar el entorno y decidir en consecuencia.

La vigencia de tácticas que, pese a su novedad, resultan poco efectivas, depende de la respuesta que a corto plazo demuestren los televidentes, radioescuchas y lectores. Las estrategias comunicativas deberán privilegiar, con el paso del tiempo, los hechos puntuales y comprobables. Las cortinas de humo, las caras sonrientes y la ignorancia de los errores propios tienen caducidad. ¿Hasta cuándo?

miércoles, 24 de junio de 2009

Espantosas confesiones

Durante la luna llena, las ostras se abren completamente y los cangrejos aprovechan para tirar dentro de ellas alguna piedra o trozo de alga para evitar que se cierren, y así poder devorarlas. Leonardo da Vinci usaba este ejemplo para prevenir a los que abrían demasiado la boca. Su destino, decía el genio italiano, es terminar a merced de quienes escuchan.

“¿Hay periodistas aquí?” preguntó durante una reunión informal el candidato del PAN a la alcaldía de San Pedro Garza García, Nuevo León, uno de los municipios más ricos del país. Tras la respuesta negativa de los asistentes, el político aseguró -en un acto de verborrea incontrolable- que había pactado con narcotraficantes para mantener la paz y la seguridad.

Mauricio Fernández continuó con lo que después él mismo calificó de “espantosas confesiones”. Dijo que los hermanos Beltrán Leyva protegían la ciudad, que habían prohibido la entrada a “Los Zetas” y que sólo había que detener las “ventas obvias” de droga. Así consta en las grabaciones difundidas por Reporte Índigo y reproducidas por Carmen Aristegui en MVS Noticias.

La periodista entrevistó al declarante, quien también es empresario y trabajó para el poderoso Grupo Monterrey. Fernández negó sus dichos e iracundo despotricó contra Ramón Alberto Garza, director de Reporte Índigo. Argumentó que el responsable de esta revista electrónica estaba molesto por su negativa a firmar un contrato de publicidad. Ya lo dijo el columnista Miguel Ángel Granados Chapa: “como si Garza fuera un revistero extorsionador”.

La trayectoria de Ramón Alberto Garza incluye importantes posiciones en los periódicos de Grupo Reforma, en Televisa y El Universal. Sin embargo, el coraje del candidato lo llevó a demandarlo penalmente; la primera denuncia de su tipo contra un periodista que publica en Internet. “Si te muerde un perro, denuncias al dueño del perro”, explicó el panista.

La historia se repite: el político se equivoca pero la prensa es culpable. Esta coartada huele a podrido y nunca funciona, el caso Puebla es un antecedente directo. Los periodistas trabajan con dichos y hechos. Una investigación que probara el vínculo entre Mauricio Fernández y el cártel de los Beltrán Leyva hubiera sido complicada y laboriosa. En cambio, el candidato decidió regalar su desprestigio confiado en que a las palabras “se las lleva el viento”. ¿Y las grabadoras?

El episodio en Nuevo León pone en duda, nuevamente, la “Guerra contra el narcotráfico” y las declaraciones de Germán Martínez, líder nacional del PAN, quien niega pactos entre sus candidatos y el crimen organizado.

No estaría de más que las figuras públicas dominaran lo que el estratega Robert Greene ha llamado el arte de decir siempre “menos de lo necesario” en su libro “Las 48 leyes del poder”. A más palabras, mayor vulnerabilidad y como dijera Jean-Francois Paul de Gondi -político del siglo XVII- “es más perjudicial decir tonterías que cometerlas”.

miércoles, 17 de junio de 2009

Batallas en la Red

Controlar la información de Internet es la nueva meta en la lista de aspiraciones delirantes de la clase política mexicana. La desregulación de la Red, interpretada como una invitación al juego sucio, ha entrampado a candidatos y partidos en una guerra virtual magnificada por la televisión.

En esta elección, YouTube.com se ha convertido en la válvula de escape para los mensajes que, de otro modo, serían sancionados por el Instituto Federal Electoral. Sin embargo, el sitio de videos también es percibido como “tierra de nadie” por los ofendidos, quienes ahora insisten en la regulación.

El caso de inconformidad más reciente involucra al Partido Acción Nacional. El instituto político logró que YouTube suspendiera temporalmente el canal de videos de El Universal, medio que señaló las semejanzas entre un spot diseñado en 2006 para el Partido Socialista Obrero Español y un mensaje transmitido para apoyar la campaña del panista Fernando Elizondo rumbo a la gubernatura de Nuevo León.

Ahora se sabe que el PAN negó la queja, aunque los voceros de YouTube declararon que la sanción a El Universal por la violación de derechos de autor, surgió de la inconformidad de un remitente identificado como “Partido Acción Nacional Nuevo León”. La creatividad desbordante del PAN lo llevó a acusar al PRI de orquestar una “estratagema” para tacharlos de censores. Como si necesitaran ayuda.

Este episodio, sumado a otros memorables como el “Rata y Cursi” contra el gobernador de Veracruz, demuestra la frustración de una clase política que se lleva y no se aguanta, que se reconoce impotente ante la vastedad del Internet. No existe la instancia que dirima sus conflictos; incluso YouTube se reconoce como un “intermediario”: elimina un video y se cuelan diez más.

Este fenómeno ha sido analizado por académicos de todo el mundo. Langdon Winner, doctorado por la Universidad de California, sostiene que el carácter global de la Red es su principal atractivo para grupos e individuos de todo el espectro ideológico. Sin embargo, la diseminación amplia de mensajes, advierte el investigador, “hace más difícil el control por una agencia exterior”.

En México, los efectos políticos de la revolución tecnológica impactan en una sociedad dividida por la brecha digital. Rodrigo Araya, académico chileno, afirma que la “mala noticia” del Internet es que no llega a todos. La buena es que significa más poder para los ciudadanos e impulsa la eficiencia de las instituciones públicas. A la lista de cualidades podríamos agregar que la Red -por su naturaleza- es incontrolable.

Los esfuerzos en sentido opuesto serán inútiles o encontrarán éxitos individuales con la ayuda de un IFE solidario e intercesor, pero difícilmente sacudirán las bases de un medio de comunicación esencialmente libre. Por la limitación de su alcance, la regulación de las campañas políticas en Internet es un atraso legislativo que puede justificarse.

miércoles, 10 de junio de 2009

Billetes verdes

El calentamiento global es la justificación perfecta para nuevos impuestos que “protegerán” al medio ambiente, y de paso, la recaudación. La llamada “agenda verde” se presenta como la solución a un planeta amenazado por sus habitantes aunque, paralelamente, sigan apareciendo pistas de los verdaderos motivos detrás de sus impulsores.

Al Gore es uno de ellos. El vicepresidente de los Estados Unidos se disfrazó de ecologista y viajó por el mundo difundiendo su documental ganador del Oscar, un largometraje que plantea el imperativo moral de controlar las emisiones de carbono. La “verdad incómoda” sería, en todo caso, el hecho de que Gore haya propuesto la necesidad de fijar gravámenes “a quienes contaminan”, un grupo que nos incluye a todos.

El viernes pasado se celebró en México el “Día Mundial del Medio Ambiente” y al acto oficial estuvo invitado el secretario de Hacienda, Agustín Carstens. ¿Cuál es la relación entre impuestos y ecología? Lo mismo se preguntó él. La respuesta en su discurso fue simple: proteger al planeta tiene “costos” y sería peor pagarlos después.

La fiebre recaudatoria pone en riesgo a la economía familiar. La reacción previsible a un instrumento fiscal tan despiadado como el IVA a alimentos y medicinas ha creado la necesidad de estrategias diferentes que ya palpitan en las declaraciones de funcionarios que súbitamente se convirtieron en ardorosos protectores de la Madre Tierra.

Para evitar el enojo de los contribuyentes, la propuesta requiere construir bases de apoyo, entusiasmar si es posible. Conviene entonces que la “agenda verde” se vuelva prioridad. Los medios de comunicación son aliados naturales pero también las organizaciones cuya farsa ecológica es tan vistosa como la del partido político que, recién desempolvado, propone la pena de muerte en México.

El crecimiento del Partido Verde no es gratuito, está basado en una estrategia publicitaria que, en términos de impacto, compite directamente con los mensajes de otras opciones políticas que recibieron más recursos del Instituto Federal Electoral. En 2009, el presupuesto del Verde para campañas representa sólo el 30 por ciento de lo que gastará el PAN por el mismo concepto. Y de ahí salió para los espectaculares, los spots en el cine y los “actores ecologistas”.

La Madre Tierra encontró amigos poderosos. El dinero detrás del furor ecologista es congruente con lo que podría recaudarse y eventualmente será la única opción. Así lo sugiere Jim Prust del Fondo Monetario Internacional: “Las tasas retributivas por contaminación constituyen una alternativa preferible a otros impuestos que, en caso contrario, sería necesario aplicar por motivos de gestión fiscal”.

Los temas ambientales cobrarán relevancia con el paso de los años y estamos bajo aviso: habrá quienes aprovechen las flagelaciones de una sociedad que terminará comprando la culpa de “atentar” contra la integridad del planeta. Como si el asunto se resolviera con dinero, con secretarios de Hacienda y más impuestos. Lo que nos faltaba…

miércoles, 3 de junio de 2009

Nuevas guerras

Dicen que estamos en guerra. Lo demuestran con su conteo de bajas, kilos decomisados y delincuentes fotografiados. Lo que nuestros medios no informan es la verdadera historia. La cobertura informativa de la llamada “Guerra contra el narcotráfico” ha sido, hasta ahora, convenientemente superficial y pobre. Centrada en los efectos y no en las causas, construida por cifras y no por historias, la cronología de esta cruzada por la legitimidad carece de datos riesgosamente básicos.

El idealismo de un periodista aventurero y su anhelo de convertirse en “reportero de guerra” han sido sepultados. Quienes buscaban historias en el peligro y caos de un conflicto han decidido renunciar al “privilegio” de poner a prueba sus capacidades de investigación y respuesta en un escenario extremo. Las guerras de hoy han convertido a la prensa en propaganda. Esa verdad justificó, por ejemplo, que Ryszard Kapuscinski, célebre corresponsal polaco, se negara a cubrir en Irak la Guerra del Golfo.

Kapuscinski, fallecido en enero de 2007, descubrió que cuando la única información disponible proviene de los comunicados oficiales, el periodista irremediablemente se convierte en un eco, en un repetidor de noticias que no fueron producidas o siquiera verificadas por él.

El caso mexicano lo reafirma. Publicar los resultados de la “Guerra contra el narcotráfico” es publicitar al gobierno. La falta de investigación profunda en las causas, los intereses, los modos y las metas de los combatientes, incentiva una visión maniqueísta cuya simplicidad es ridícula. El crimen organizado, por otro lado, se beneficia con la difusión de narcomantas o violentas masacres.

Los reporteros son obligados a tomar partido porque las incursiones a las zonas de ingobernabilidad son demasiado riesgosas. Ningún medio puede ofrecer protección a sus enviados y, a cambio, acepta la seguridad del Estado, las incursiones patrocinadas y los operativos impecables. Se suple la información directa con las versiones empaquetadas, corregidas y aumentadas.

En épocas que evocan el salinismo mediático, la exhortación a “apoyar” al presidente parece incluir también a los informadores, aunque su labor exija imparcialidad. Aquí cobran sentido las palabras de Miriam Pedrero, corresponsal de guerra en Kosovo y Guinea, quién señala: “El buen periodista es un testigo que debe estar pegado a la gente, no a las instituciones”.

Las opciones se reducen. ¿La prensa debe verificar cada decomiso? ¿Comprobar que la droga se destruya? ¿Deben los medios confiar en los datos proporcionados por los boletines? ¿El gobierno actúa de buena fe? ¿Se puede negar el derecho a dudar?

Del periodismo depende la memoria de estos días. Existen propuestas para la creación de equipos de trabajo protegidos por el anonimato y los medios interesados. Se pierde la exclusividad pero se reduce el riesgo. ¿Vale la pena? Quizá es momento de entrevistar a testigos y víctimas, de señalar a corruptos y cómplices, de aprovechar las cualidades de una práctica que renuncia a la “objetividad” en su búsqueda por la verdad. El miedo debería sacudir a los culpables, no a quienes se internan en el campo de batalla y apuestan su vida para ofrecer una visión ajena a la propaganda y cercana a la realidad.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Coincidencias felices

En la política existen los intereses, no las coincidencias. Las relaciones entre medios de comunicación y partidos políticos no son la excepción. Que alguna de las partes sostenga públicamente lo contrario es una invitación a la risa, a menos que se diga con la seriedad suficiente para convertir el acto en un imán de sospechas.

¿Qué le dijo Demetrio Sodi a Televisa? “Tratemos como párvulos a los mexicanos”. La naturaleza del diálogo puede inferirse con las declaraciones del candidato panista a la delegación Miguel Hidalgo, quien casualmente fue entrevistado durante la transmisión del partido Pumas-Puebla el pasado fin de semana.

Al minuto cuarenta, la narración se suspendió para dar paso a un comentarista que dijo: “Dando la vuelta por los palcos, nos encontramos a Don Demetrio Sodi, ¿qué haciendo por aquí?, ¿le gusta el fútbol o qué?”. El engaño alcanzó su clímax cuando, posteriormente, el político aseguró que el episodio se trató de “una coincidencia muy feliz”.

Entonces los periodistas -aguafiestas naturales de la clase política- se preguntaron cuánto costaría aparecer en las semi-finales del fútbol mexicano y si esto podría constituir una violación a las disposiciones electorales que prohíben la adquisición de espacios en radio y televisión a los partidos políticos. La alegría de Sodi “El Inocente” estaba condenada a frustrarse.

El candidato tuvo que recular y buscó nuevas ideas en el acervo de sus excusas infantiles. Abandonó la versión del suertudo que “andaba por ahí” y admitió que la entrevista fue pactada con Televisa, aunque negó haber pagado por ella. Argumentó que inicialmente sería cronista invitado y que sólo aprovechaba sus “relaciones y amistades” con los medios.

A la contradicción se sumó el cinismo, como si la televisora regalara tiempo en lugar de venderlo, como si no existieran los intereses empresariales, como si fuera normal escuchar a candidatos en los partidos de fútbol, como si “Don” Demetrio Sodi fuera una autoridad deportiva cuya presencia en un estadio no debería ignorarse. Vaya, como si el acto no resultara al menos sospechoso.

Preocupa la forma en que ciudadanos que pretenden ocupar un cargo de elección popular se aproximan a los límites de lo legal para promocionarse y violan el espíritu de las leyes, escudándose en su ambigüedad. Desesperados, los partidos políticos que aprobaron la reforma electoral actúan ahora como si se tratara de una imposición arbitraria.

¿De qué sirven las reglas si no previenen las conductas que pretendían evitar? ¿Por qué elegir a un político que en campaña transgredió descaradamente la equidad del proceso y apostó a un electorado primitivo con sus coartadas? ¿Porque se burló de los cuestionamientos diciendo que él nada más “metió gol”? ¿Porque salió en el fútbol? Sólo la indignación y la denuncia evitarán que la “buena voluntad” y las “concidencias felices” sigan invadiendo las pantallas.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Verdades y absurdos

Indigna más la indiferencia que la impunidad, dicen más las excusas que los hechos. Un ex presidente de México declaró corrupto a su sucesor y todo sigue igual. Que el asunto es "entre particulares", que el señor es un débil mental y no puede opinar, que la periodista "abusó" de su confianza, que la historia juzgará... ¿A quién se le ocurre? Son la justificación y el silencio volviéndose cómplices; es la apatía prolongando los saqueos.

Como el reflejo en un espejo, México está al revés. Quienes deberían ser juzgados viven plácidamente, quienes deberían informar callan y los pocos que lo hacen son criticados. Sólo así se entiende que Carlos Salinas de Gortari haya capoteado un nuevo escándalo, que las televisoras omitieran el tema y que se pretenda denostar la labor de Carmen Aristegui.

A dos semanas de que la periodista difundiera en su programa de radio las declaraciones de Miguel de la Madrid, el tema ha perdido peso en los medios que lo replicaron. Los demás, se aferran aún a las sobras del banquete epidémico que los convirtió en guardianes de la salud pública.

Entrevistada por el semanario Proceso, Aristegui confiesa que la conversación con el ex presidente fue sorpresiva. De la Madrid no se distinguía por ser particularmente revelador y de pronto ahí estaba, señalando la inmoralidad del sexenio de Salinas y los negocios ilícitos de su hermano Raúl.

Inútilmente se ha intentado demeritar la entrevista, argumentando que las respuestas monosilábicas prueban la incapacidad del entrevistado. Como si no existieran frases coherentes o un hilo conductor. Más aún, como si un cuestionario con preguntas cerradas fuera inválido o se tratase de un invento siniestro al margen de la actividad periodística.

Los dichos de Miguel de la Madrid deben investigarse, su minimización genera sospecha y retrata -como diría Aristegui- a una élite política que se alinea para mantener vigente el pacto de impunidad que ha prevalecido en México a lo largo de muchos años.

Hemos perdido la capacidad de asombro y aprendido a creer en toda clase de cuentos. El periodista -como agente de cambio social- requiere de una audiencia receptiva y crítica, dispuesta a opinar y a exigir. La investigación periodística es incapaz, por sí misma, de contrarrestar el letargo de la justicia ante la evidencia de posibles delitos.

Nos hemos acostumbrado a los comunicados, los desmentidos y las versiones oficiales. ¿Qué hay de los hechos? Ante este panorama, sólo el absurdo es posible. Si las declaraciones de Miguel de la Madrid merecen la indiferencia y el olvido tras su obligado suicidio político, podría concluir este texto diciendo que nunca lo escribí y todos habrían de creerme.