miércoles, 7 de octubre de 2009

Infomerciales

¿Por qué comprar este maravilloso producto? Yo me pregunté lo mismo y ahora conozco la respuesta: porque cambiará su vida para siempre. No más problemas, infelicidad o complejos. ¿Me oye? La solución del siglo está aquí y no la encontrará en tiendas. Miles de personas han comprobado la efectividad de este desarrollo tecnológico que es avalado por especialistas y que será suyo con 12 cómodas mensualidades de 199 pesos. ¡Escuchó usted bien! Además, recibirá el instructivo, un fabuloso video y un par de accesorios. Pero espere. Si es de las primeras 50 personas en llamar le descontaremos seis pagos y le enviaremos el doble de producto. ¡Tome su teléfono! No acepte imitaciones y recuerde que esta oferta es por tiempo limitado…

El párrafo anterior resume y parodia a los infomerciales del mundo: la fórmula se repite sin modificaciones sustanciales en muchas latitudes y contextos. El concepto -originalmente estadounidense- de un comercial de larga duración que se transmite en horarios (baratos) de poca audiencia, continúa popularizándose en México, ante la indignación justificada de quienes encontramos elementos para afirmar que su diseño es inseparable del engaño.

Quienes recibimos ocasionalmente los favores agregados del desvelo, el encierro y la televisión, hemos sido víctimas de la insultante masificación de mensajes que suponen la ignorancia de los receptores y que simultáneamente demuestran el atraso intelectual de sus emisores. Sabemos también que los testimonios fabricados y las celebridades satisfechas son sus hijos predilectos.

Este festín de patrañas debe terminar. En Estados Unidos la Comisión Federal de Comercio fijó criterios para evitar que personalidades públicas participen en embustes publicitarios. Las reglas establecen que cualquier declaración (aún remunerada) debe reflejar una opinión honesta y comprobable. Si una celebridad respalda algún producto está obligada a utilizarlo y su imagen sólo puede explotarse en pantalla mientras mantenga una opinión favorable al respecto. ¿Qué sucede en México? Que el atraso legislativo fomenta la ingenuidad. Aquí, el consumidor tiene que confiar en la “buena fe”, como si tal cosa existiera en el ámbito publicitario.

Los infomerciales son desfiles de estereotipos. Un estudio conducido por Bruce Blaine y Jennifer McElroy, presentado el 2002 en Toronto, revela que las más perjudicadas son las mujeres y las personas con sobrepeso. Los investigadores descubrieron que los “expertos científicos” siempre son hombres, que en los infomerciales para bajar de peso hay más referencias al consumo excesivo de alimentos que a una ingesta balanceada o al ejercicio, y que la grasa corporal suele ligarse a la ineptitud social, la baja autoestima, la flojera y la desdicha.

Otro estudio, realizado en Israel por Amir Hetsroni e Ilan Aya, es de tremenda utilidad para el televidente promedio. Los autores comprueban que -más allá de los aspectos funcionales- al producto suelen asociársele valores clasificables de tipo cultural, como el hedonismo. Así, el comprador puede ampliar su visión y reconocer cuando el impulso de gastar es fomentado por ideas de belleza, aventura, alegría, popularidad, sexo o juventud.

Al final, el exhorto es a la crítica, a la educación; a incentivar una audiencia analítica, inmune a las estratagemas de la telebasura. Una mayor cultura de medios debería traducirse en una estrepitosa caída de sus ventas; es el resultado lógico. Y aunque el engaño pudiera perfeccionarse, habremos atacado el verdadero problema: la ignorancia que invita al abuso. A ver qué logran vendernos entonces…

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