miércoles, 30 de diciembre de 2009

Transición

¿Logró México transitar de un régimen autoritario a una verdadera democracia? Esta es la pregunta central del más reciente libro de Carmen Aristegui bajo el sello de Grijalbo. En casi 300 páginas, la periodista presenta una serie de entrevistas con personajes centrales de la vida nacional, quienes ofrecen sus memorias, percepciones y opiniones sobre el accidentado proceso de consolidación democrática en México durante las últimas décadas.

“Se dice que la entrevista es el género propagandístico por excelencia, pues se facilita al entrevistado el espacio para que diga lo que quiere decir. ¿Estás de acuerdo?, ¿o crees que el entrevistador tiene la capacidad de hacer que el entrevistado diga lo que él quiere escuchar?”

El párrafo anterior reproduce una de las preguntas que formulé a Aristegui en el marco de las reuniones de la Sociedad Interamericana de Prensa en octubre de 2006. En su respuesta, la periodista negó la carga mercadológica del género periodístico y precisó que el éxito de una entrevista radica en obtener la información que el entrevistado prefiere ocultar y escuchar aquella que desea difundir.

Las conversaciones compiladas en el libro, ilustradas con fotografías de Ricardo Trabulsi, demuestran el dominio de Aristegui en la técnica de mezclar ambos enfoques. Quizá para el lector resulte poco interesante escuchar a Manuel Bartlett exculparse por enésima vez de la caída del sistema en 1988, pero a cambio recibe las sorpresivas declaraciones del ex presidente Miguel de la Madrid, quien acusa de corrupción a su sucesor, Carlos Salinas de Gortari.

Fue precisamente Salinas quien el 13 mayo 2009 expresó en un comunicado su “dolor e indignación” por los términos y condiciones en que se había realizado la entrevista a de la Madrid. Al nombre de Carlos Salinas se suma el de Vicente Fox en la lista de personajes que, por cobardía supongo, no accedieron a ser entrevistados.

El político guanajuatense optó por redactar un texto donde narra sus inicios en la política y su odisea por “sacar al PRI de Los Pinos”. Ahí defiende a los hijos de Marta Sahagún y celebra que su compañera de vida sea una demócrata. Llegado el momento de discutir su sexenio, Fox precipita el tema con la frase que Aristegui califica de brevísima y desconcertante: “…y así pasaron los seis años”.

¿Se arrepiente la politóloga Denise Dresser de haber votado por la izquierda en 2006? ¿Por qué cree Manuel Bartlett que López Obrador es el único que puede detener una revuelta social? ¿Qué ex candidato presidencial llama “Barbie masculino” a Enrique Peña Nieto? ¿Se le antoja la presidencia de la República al ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente? ¿En que consistió la “asustadita” que según Manuel Espino, ex dirigente del PAN, le dieron en el rancho de los Fox? ¿Qué opinan de la democracia mexicana intelectuales como Roger Bartra, Carlos Fuentes, Lorenzo Meyer y Carlos Monsiváis?

Estas y otras interrogantes se disipan en las páginas de “Transición”. Una obra que invita a la reflexión en tiempos definitorios, un testimonio de los errores que han conducido al país al borde de un estallido. El cinismo y la impunidad son evidentes en los años repasados por Aristegui en su libro. Ahora toca a la memoria colectiva no perpetuarlos desde el olvido. De lo contrario, la respuesta a la pregunta que inicia este texto nunca será alentadora.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Diciembre loco

Intrascendente, aburrido y predecible. En materia noticiosa, diciembre suele ser un mes muerto. En estas fechas abundan los contenidos de temporada: la afluencia de vacacionistas a los principales destinos turísticos, las recomendaciones para evitar accidentes carreteros, las temperaturas gélidas, el registro de nevadas, los reportajes navideños y los recuentos anuales.

Las últimas semanas han superado por completo este patrón decembrino. Tanto que quizá se trate del mes más interesante del 2009 desde el punto de vista periodístico. Hablo de la propuesta de reforma política presentada por el Ejecutivo federal, la muerte del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva y la aprobación del matrimonio entre homosexuales en el Distrito Federal.

Inicio con el arranque presuntamente demócrata del presidente Felipe Calderón. El paquete de iniciativas enviado al Senado el mismo día que se clausuró el primer periodo de sesiones ordinarias pretende abrir espacios a las candidaturas ciudadanas, impulsar la reelección y fortalecer el vínculo entre los ciudadanos y el sistema político. Su aprobación implicaría también la eventual desaparición de algunos partidos y el otorgamiento de mayores facultades al Ejecutivo sobre el Legislativo.

La propuesta, que se discutirá formalmente hasta febrero, no fue presentada en el momento adecuado. Miguel Ángel Granados Chapa, connotado periodista, opina que la maniobra presidencial fue inoportuna si buscaba impactar a la opinión pública; efecto que difícilmente se logra a mediados de diciembre “cuando el escaso ánimo participativo decae notoriamente por la temporada festiva que está en curso y que no se interrumpe ni siquiera a causa de la profunda crisis que padece la sociedad mexicana”.

Es posible que, luego de analizarse en el Congreso, la iniciativa no se apruebe íntegramente. Para Calderón terminará convirtiéndose en una de esas medallas que les gusta portar a los ex mandatarios, como la que dice “transparencia” y que tanto presume Vicente Fox.

La tranquilidad festiva de estos días se vio interrumpida definitivamente la noche del miércoles 16, cuando fue anunciada la muerte del llamado “Jefe de jefes”, líder del cártel de Sinaloa, tras un enfrentamiento con fuerzas especiales de la Marina en el estado de Morelos. ¿Qué hacía la Marina en Cuernavaca? ¿Qué hacía un narcotraficante viviendo a unas cuadras de la Zona Militar?

La imagen difundida del cadáver ensangrentado de Beltrán Leyva, tapizado con billetes e imágenes religiosas, confirma la preocupante noción de justicia que se ha implantado en el país desde que inició la “Guerra contra el narcotráfico”. Un Estado que ejecuta sin juzgar imita la perversidad de sus enemigos. Esta regresión al porfirismo de “mátalos en caliente” no contempla ni los derechos humanos ni los cauces institucionales. Desafortunadamente, son los propios ciudadanos quienes desde la desesperación claman por estos métodos, especialmente en el norte del país.

Finalmente, en este recuento del diciembre loco, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal votó a favor del matrimonio y la adopción para personas del mismo sexo, un paso firme en la dirección de una legislación progresista e incluyente, un golpe certero a quienes pretenden gobernar un Estado laico con morales privadas y medievales.

Sin duda todo lo ocurrido este mes confirma que en México está surtiendo efecto la antigua maldición china que reza: “Ojalá vivas en tiempos interesantes”.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

¿Y los medios locales?

El rol de la prensa local en México es inseparable de la situación imperante en el país. Sus virtudes, en este contexto, pasan necesariamente por la ventilación de controversias sociales y por la mediación ante las autoridades civiles. Si el gobernante en turno sólo actúa cuando los problemas han alcanzado la esfera pública, los medios son los mejores aliados de la ciudadanía.

Así lo han entendido los lectores, radioescuchas y televidentes que –dejando a un lado la pasividad inherente a su postura como receptores- intentan comprender el lenguaje y las inclinaciones de cada medio. Una manifestación, por ejemplo, recibirá mayor interés de la televisión si es visualmente atractiva. Un periódico de corte político, por otro lado, encontrará relevante la protesta si algún funcionario es acusado directamente.

Y aunque la prensa reconozca en su relación con la audiencia la única razón de su existencia, a menos que su continuidad esté garantizada por fuerzas superiores, son muchos los vicios que aún aquejan a lo que también se conoce como ‘periodismo de proximidad’.

La prensa local depende excesivamente de la nota del día, es decir, de la información generada diariamente por los actores políticos y sociales. La investigación es poca o nula, generalmente por la falta de reporteros especializados o de recursos para financiar su labor. Así pues, la oferta informativa termina condicionada por el desfile matutino de declarantes que privilegia los dichos sobre los hechos y que muchas veces no es trascendente o siquiera interesante.

Se ha perdido el sentido de la exclusiva. Son pocos los medios que buscan ganar la noticia. En parte, porque no existe una competencia real entre ellos y porque los reporteros trabajan en grupo. La manifestación más clara de este error es el monstruo de grabadoras y micrófonos que suele rodear a los políticos. Ese ‘monstruo’ es inflexible y torpe por naturaleza, no permite cuestionamientos incisivos y unifica los criterios.

Esto sin contar que en México las dependencias gubernamentales suelen sembrar y patrocinar a ‘periodistas cómodos’ (en este caso el adjetivo invalida al sustantivo). No obstante, incluso sin estar coludidos, hay quienes siguen pensando que la mejor pregunta que pueden hacerle a un funcionario es “¿Qué apoyos vino a entregar?”. En este punto, ofende más el propagandismo automático del informador que el asistencialismo electorero del servidor público.

En general, los medios de comunicación han sido invadidos por los administradores. Es comprensible que una empresa busque maximizar utilidades, pero si de dinero se trata, el oficialismo no es el mejor negocio. Al contrario, esta práctica aburre a la audiencia y abre una zanja entre ésta y el medio. Depender de un grupo selecto de benefactores cierra las puertas a una comercialización amplia y somete la línea editorial a los caprichos de unos cuantos.

Ningún proyecto periodístico madura como tal si es visto como un pretexto para la consecución de otros fines. Los retos de la prensa local son numerosos e incluyen la ampliación de su alcance a través de la Red, una mayor calidad en la producción de las notas, el impulso al periodismo de investigación y una verdadera competencia entre medios. Pero, ante todo, el redescubrimiento de su función social en un entorno que exige ajustes, cambios y reformas que serían imposibles sin la solidaridad de los medios.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Sobre el Premio Nacional de Periodismo

El Club de Periodistas de México me distinguió este martes con el Premio Nacional de Periodismo 2009, honor compartido con comunicadores como Eva Golinger, Carmen Aristegui, Ana Lilia Pérez y académicos como Noam Chomsky, Lorenzo Meyer y John M. Ackerman.

El reconocimiento en la categoría de “Trabajo Periodístico Universitario” también lo recibió Juan Manuel Ramírez, colega en la realización del blog Notas UDLA, un proyecto de periodismo digital en la Universidad de las Américas Puebla. Este medio surgió como una propuesta multimedia ante el vacío informativo generado por la censura al semanario estudiantil “La Catarina”.

El jurado calificador, que evaluó 7 mil 281 trabajos, destacó en sus razones el “trabajo impecable” que evidenció la forma en que el rector Luis Ernesto Derbez antepone sus intereses a los de la comunidad universitaria, “vulnerando también los derechos humanos, laborales y académicos.”

La ocasión nos permitió hacer pública una reflexión sobre el estado del periodismo universitario en México, una práctica en peligro de extinción. Lo anterior –amplío ahora- se debe a la escasez de programas académicos que lo impulsen y a la inconveniencia que su práctica representa para las instituciones educativas.

Los medios estudiantiles de línea editorial independiente son cada vez menos. En su lugar, se distribuyen periódicos editados por las oficinas de Prensa con claras intenciones propagandísticas y aparentemente nadie nota la diferencia.

En este contexto, la vocación periodística de muchos jóvenes se desperdicia en la difusión de logros y “buenas noticias”. La investigación, la crítica y la incomodidad inherentes a un ejercicio informativo digno quedan fuera de la ecuación.

Luego, la versión complaciente y distorsionada del periodismo termina implantándose en la mente de los universitarios que, una vez fuera, están listos para reproducir boletines, ocultar datos y mendigar la aprobación de la autoridad en turno.

Hacer lo contrario representa un riesgo, dentro y fuera un campus. Los estudiantes son acusados de abaratar su título y los ciudadanos de despreciar a la Patria. La incomprensión y el reproche son la constante.

Ese riesgo acompaña la labor de muchos, que es el derecho de todos. La información ya no puede negarse, aunque siga ocultándose. En México el reto es mayúsculo pues impera la corrupción. Por eso, los motivos de un periodista en este país sólo se entienden –como escribí en la primera entrega de esta columna- desde “la peligrosa ignorancia o la verdadera vocación”.

Muchos han quedado en el camino. “Periodistas y más periodistas masacrados. Los muertos gritan y la justicia calla”, dijo en la ceremonia del martes Celeste Sáenz de Miera, secretaria general del Club de Periodistas. “Todo pasa y nada pasa”, reclamó.

Carmen Aristegui –quien recibió el premio en la categoría de “Entrevista”- comentó: “La impunidad es precisamente uno de los rasgos más trágicos de esta nuestra difícil transición a la democracia mexicana, si es que eso existe ya en estos momentos del país”.

El reconocimiento honra y compromete. Haberlo recibido se transformará en un recordatorio permanente de las cualidades deseables en mi labor periodística. El desafío apenas inicia y lo mejor está por venir.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Más trabajo, menos medios

El presidente Felipe Calderón debería reducir su presencia en los medios, aunque sus estrategas le recomienden lo contrario. El mandatario inicia la segunda mitad de su sexenio con una popularidad a la baja, una economía que no levanta y las manifestaciones cada vez más frecuentes del descontento generalizado en el país.

Para un político gris e ineficaz como él, cada minuto en televisión representa la posibilidad de fabricar atributos y generar simpatías. Así lo creyó durante años y ahora descubre su error. La falta de carisma y de resultados de gobierno no puede suplirse con tiempo aire. Al contrario, es de esperarse que cada minuto transmitido sea un suplicio para el televidente, una invitación al enojo.

56 por ciento de los mexicanos considera que el país va por “mal camino”, informó esta semana el periódico Reforma. Consulta Mitofski lo confirma revelando que la desaprobación al Ejecutivo federal es la mayor de su periodo. Además, Milenio publicó que en el último año se triplicó el número de personas que “de plano no confía” en Calderón y su equipo.

Promover al gobierno federal implica gastos enormes. Lo que no tiene precio es que, a pesar de la saturación mediática, nadie salve a Felipe Calderón de ser abucheado públicamente. Había sucedido en menor escala durante actos oficiales pero nunca como el 11 de noviembre en Torreón. Ese día, el Estado Mayor comprobó que es imposible contener a un estadio lleno. El presidente tuvo que sonreír: descubrió que cuando falla el audio queda la foto.

De poco sirvieron los horarios estelares y los noticieros complacientes. Comprar interés no lo hizo interesante. El personaje en cuestión no entusiasma aunque sus declaraciones sean la nota del día todos los días. Fueron inútiles los esfuerzos para posicionarse como salvador de la humanidad ante la epidemia o como el hombre “valiente” que combate al crimen organizado. Nada funcionó.

Aburrimiento total e indignación a tope. La larguísima entrevista difundida por Televisa la semana pasada con motivo de los tres primeros años de administración calderonista me permitió vivir en carne propia la agonía de miles de televidentes. Por la tranquilidad del país, el presidente debería retirarse de los reflectores para trabajar lejos de la exposición pública en la comodidad de su despacho. Eso le redituaría en términos de imagen.

Ahora que si la intención es incentivar el descontento y multiplicar las voces a favor de la revocación del mandato, el Ejecutivo está haciendo su parte. Es más, ha llegado la hora de invadir las pantallas, de secuestrar la programación con su gracia y brillantez. Si en el 2006 Paty Chapoy lo nombró su “gallo”, ¿por qué no regresar a esas emisiones que lo acogieron como candidato?, ¿por qué no apelar a la credibilidad de comunicadores que igual venden gobernadores que detergentes?

Es tiempo de definiciones. Si se pretende mejorar la relación del gobernante con sus gobernados, urge cambiar la estrategia. No hacerlo demostrará en los hechos la terquedad y la sordera suficientes para que la opinión pública mantenga su castigo al presidente. Propongo entonces más trabajo y menos medios. Las consecuencias de invertir la fórmula están a la vista de todos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La tercera revolución

La ocurrencia se volvió murmullo y después rumor, hasta terminar en moda. La posibilidad de un estallido social en 2010 se ha convertido en el tema predilecto de analistas y comunicadores en los últimos días. Surgen dos posibilidades: el fenómeno podría ampliarse y provocar lo que augura o simplemente desgastarse, como sucede con gran parte de los temas explotados por la agenda mediática.

En todo caso, es un hecho que las condiciones imperantes en el país han provocado un descontento generalizado que, lejos de significar una amenaza, representa una oportunidad única para recuperar el juicio y modificar el rumbo. El riesgo de la revolución que pregonan los medios está asociado a la especulación y a la descontextualización, prácticas comunes de la prensa irreflexiva.

Urge debatir ideas, escuchar todas las causas. Simplificar la complejidad de estos tiempos y reducirla a una discusión de futurólogos improvisados es desaprovechar su potencial de cambio y apostar a la continuidad de una realidad insostenible.

El periodista Ricardo Alemán publicó en El Universal la versión extraoficial de un “encuentro secreto” entre una decena de grupos guerrilleros que estarían planeando acciones para 2010. Además estimó que la “tercera revolución” podría alimentarse con los “fanáticos del legítimo”. Olvida mencionar que el estallido habría ocurrido hace tres años si Andrés Manuel López Obrador hubiera actuado diferente, es decir, si hubiera permitido que la inercia electoral y las convicciones de un fraude incentivaran a un movimiento radical e incluso violento.

Y la desmemoria continúa. “Las autoridades nos tienen que proteger de cualquier intento de festejo violento”, escribe Denise Maerker. Lo que evita señalar es que la era de los festejos violentos –inaugurada aquél 15 de septiembre en Michoacán- es consecuencia directa de la “Guerra contra el narcotráfico”. Una estrategia gubernamental que, en contraste con sus efectos, pugna por la seguridad de los ciudadanos y el debilitamiento de los cárteles.

La “protección” exigida por Maerker se convierte, pues, en disuasión, a nombre del Estado, de las ocurrencias opositoras. Esto último lo entiende Leo Suckerman, analista político de Grupo Fórmula, quien celebró el lunes pasado la capacidad de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) para espiar en todo el territorio nacional con su nuevo “Centro de Inteligencia”. Entrevistado por el periodista José Cárdenas, Zuckerman explicó que –a diferencia de los levantamientos de 1994- el gobierno tendría información de sobra para reaccionar ante un eventual conflicto.

El necesario diálogo nacional se ha transformado en una novela de detectives. Ya sólo importa saber quién tirará la primera piedra. Julio Hernández López, columnista de La Jornada, lo ejemplifica cuando se pregunta si la actitud del Ejecutivo federal refleja una “extrema insensibilidad” o una “provocación programada”. El autor de Astillero considera que la “confrontación sistemática” acelerará el estallido y la aplicación de medidas policiacas y represivas largamente preparadas. ¿Por qué parece que, de pronto, el volado es entre una revolución y una dictadura?

Los extremos pueden evitarse si el “ciclo de protestas” encuentra receptividad en el Estado. La expresión entrecomillada es utilizada por el investigador finlandés Martti Siisiäinen para describir el funcionamiento de las presiones de cambio en una democracia. “Visto desde la perspectiva (funcionalista) de la estabilidad del sistema, los nuevos movimientos sociales pueden considerarse el reloj de alarma del sistema”, considera el académico. Es evidente que la “alarma” ha sido largamente ignorada. Y a menos que se atienda, los agoreros de la “tercera revolución” podrán, en algunos años, llamarse profetas.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Ciberprotesta

Atestiguamos el inicio de la ciberprotesta en México. Lo que ocurrió esta semana con las páginas Web de algunos partidos políticos, gobiernos estatales y periódicos digitales fue producto de la unión circunstancial entre un medio de comunicación de creciente influencia y las causas que no encuentran desahogo en el ejercicio del poder público.

En lugar de la página original, el navegador abría un mensaje firmado por hackers. Predominaban los colores negro y rojo. En la parte superior de la pantalla destacaba la imagen de una bandera mexicana con la leyenda “Viva México cabrones”. El texto hablaba a nombre del pueblo y en plural reclamaba a los “gobernantes” por su corrupción, cinismo, abuso de autoridad y demás desviaciones.

Comparto las demandas, entre ellas, el cese de la violencia y la necesidad de considerar más propuestas ciudadanas. Los autores promovieron la participación de los cibernautas, quienes también opinaron. Proliferaron los insultos a diputados, los reclamos por la pobreza, las muestras de solidaridad y la celebración de lo que alguien calificó como “sitios vulnerables”.

La expresión de inconformidades en la Red tiene un antecedente exitoso. Recientemente, a través de Twitter (y con la venia de la prensa) un movimiento social consiguió reunirse con legisladores federales y eliminar el impuesto a Internet propuesto por el Ejecutivo federal. Los intentos previos en otros asuntos habían terminado en anécdota, por ejemplo, la de 400 avatares de Second Life que se unieron a las manifestaciones contra la inseguridad en la capital del país.

Si el ciberespacio se midiera en metros cuadrados y además se escriturara, la protesta del lunes sería delictuosa. Sin embargo, la invasión momentánea de sitios de Internet parece superar los alcances de una legislatura caracterizada por su atraso y lentitud. Para estupor de las leyes mexicanas, la Red no es sólo un medio más para la comisión de delitos sino un mundo aparte que merece atención.

Omitiendo las consideraciones anteriores y aceptando que el acto ofende, es decir, desde la crítica automática y compartida, el daño no existe. La necesidad tampoco. Es tan vasta la capacidad de la Red y tan amplia su diversidad temática, que resulta innecesaria la apropiación de espacios que podrían crearse gratuita y libremente en otros dominios. No obstante, la conquista temporal y virtual que nos ocupa atribuye la visibilidad a sus métodos.

Detrás de la exigencia hay frustración, detrás de la frustración ineficacia. Aunque por su naturaleza el Estado se imponga, no puede negarse al diálogo. Si se presume en el discurso debe exigirse en los hechos. Si no, las propuestas razonadas y a veces razonables terminan ignoradas, cual cháchara minoritaria en la discusión simulada de una decisión consumada.

En lo real y en lo virtual, la sociedad buscará solucionar sus problemas, difundir prioridades. El ciclo de protestas que continúa en México -y que inaugura su faceta en línea- culminará en reformas y cambios. Si los reclamos llegan a oídos sordos, la frustración encontrará nuevos canales y tarde o temprano se convertirá en violencia. Este mal no surge sin impotencia y eso lo entiende el gobierno federal.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Fábrica de refugiados

Si lo usual termina en estadística, la infamia es cuantificable en México. Alguna cifra aumenta cada vez que un periodista es asesinado. No conformes con las centenas de ejecuciones en las últimas décadas o la indignidad sugerida por las comparaciones internacionales en este rubro, las instituciones mexicanas continúan aplazando el cumplimiento de su mandato legal ante una sociedad que, desde la ignorancia o la apatía, permanece indiferente ante el tema.

Esta ignominia, justificada como tal en la amenaza a una profesión con claros propósitos sociales, no es posible sin el éxito de la criminalidad o la franca negligencia. La frialdad de los números despersonaliza a las víctimas y maquilla la gravedad de los hechos ante la opinión pública. Hablar de caras y nombres es incurrir en la excepción, apostar a la empatía e invitar a que se revisen los límites de lo aceptable.

La semana pasada fue encontrado el cadáver del reportero José Bladimir Antuna García de 39 años. Publicaba información sobre temas policiales y judiciales en El Tiempo de Durango, periódico en que laboraba su colega Carlos Ortega, ultimado el 3 de mayo. Antuna García denunció amenazas durante varios meses y manifestó haber compartido información con Eliseo Barrón, reportero de Grupo Milenio asesinado por presuntos gatilleros del cártel del Golfo.

“México tiene una vergonzosa posición como uno de los países más peligrosos para los periodistas. Para una democracia moderna, alcanzar esta posición es una vergüenza”, señala un comunicado del Instituto Internacional de la Prensa (IPI). Este organismo documentó que de los 44 informadores ejecutados en el mundo durante el 2009, siete corresponden a la República Mexicana. Esta cifra es idéntica a la de Pakistán y nos ubica por encima de Somalia, un país que carece de Estado.

La función primordial del Estado es, precisamente, garantizar la seguridad de sus habitantes. De lo contrario, se convierte en una fábrica de refugiados: un gobierno incapaz de otorgar protección y los temores fundados de persecución o muerte definen el término “refugiado” en la Convención de 1951. Bajo este esquema, los periodistas mexicanos podrían optar por el exilio y ser amparados por el derecho internacional.

Un Estado fallido no merece respeto. Así lo considera el politólogo inglés John Dunn, quien desde la Universidad de Cambridge advierte que los Estados que promueven efectivamente la seguridad de sus habitantes ganan y merecen una mayor lealtad que aquellos que fracasan en el intento. Esta idea encontraría dificultades legales en México: el sexto constitucional permite la libre expresión pero fija sus límites en el Estado. En este contexto, la coherencia de Dunn se vuelve golpismo.

¿Cuántas muertes más? La ineficiencia llama a la exigencia, no a la parálisis. La situación imperante en México es una responsabilidad compartida. En tiempos donde la impunidad es la constante, celebrar la institucionalidad es apadrinar la decepción. Los delitos contra periodistas son una manifestación más de una realidad que indigna y exige ajustes. Así como las víctimas, los culpables tienen caras y nombres. Las víctimas se ocultan con números, los culpables con cargos públicos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Infamias

Mientras los mexicanos cruzaban el umbral de un fin de semana largo y se ocupaban gustosos de sus tradiciones, se gestaba desde el Poder Legislativo un alza de impuestos, un golpe más al bienestar de los “representados”.

En ese momento, los pormenores de la infamia eran conocidos por pocos, incluyendo a quienes seguimos la discusión en el Canal del Congreso. Para una inmensa mayoría, las noticias llegarían después. Quienes ignoraban el hecho confiarían nuevamente en la televisión, su medio predilecto.

Las Fiestas de Muertos habían finalizado y lo “milenario” de la tradición fue más importante que lo “inmediato” de la información. Sólo este criterio explica que el noticiero de Joaquín López-Dóriga en Televisa fuera dedicado el lunes 2 de noviembre a la “magia” y la “diversión” del folclor mexicano.

Tardíamente, llegada la hora en que las Fiestas de Muertos parecían ser el acontecimiento periodístico del día y que gran parte de la audiencia estaba (al menos) adormilada, se transmitió la crónica.

Si Televisa dijo la verdad, no hay de qué preocuparse: el debate en el Senado se redujo a una discusión entre el perredista Carlos Navarrete y el panista Gustavo Madero. No hubo controversias en San Lázaro, los diputados se veían tranquilos en sus curules. Las bancadas del PRI y el PAN no fueron acusadas de proteger intereses económicos en detrimento de la economía popular. Una maravilla, casi nada.

Todo lo contrario. La falsedad e irresponsabilidad de la información indigna tanto como el cinismo de los legisladores que salieron a decir que “pudo ser peor”. Total, los mexicanos somos cobardes y de memoria corta. ¿Quién va a exigirle al PAN la “Acción Responsable” que ofreció en campaña? ¿Quién recordará que “Primero tu economía” era un compromiso del PRI?

Es posible que la facilidad para exprimir al país con la complicidad de los medios alcance extremos insospechados. Las ambiciones de la clase política son verdaderamente inagotables. La situación imperante lo demuestra. Como si la violencia, la crisis económica y el desempleo fueran poco, parece que sólo empeorarán. ¿ “Por el bien de México”? ¿Por el bien de quien?

Un aumento en los gravámenes es indefendible. Castigar al salario y al consumo es la mejor forma de expandir la miseria en tiempos de escasez. En Alemania lo saben y hace unas semanas acordaron reducir los impuestos en 24 mil millones de euros para fomentar el crecimiento. Siguiendo las comparaciones, descubriríamos que mientras el Internet de banda ancha es un derecho constitucional en Finlandia, los legisladores mexicanos pretendían gravarlo con un 3 por ciento.

Y se excusan a través de los medios: que si para ayudar a los pobres, que si el boquete fiscal, que es un mal necesario, que el paquete fiscal es “responsable y patriota”. El engaño es evidente. El Ejecutivo federal sigue parloteando sobre austeridad mientras la Oficina de la Presidencia solicita un aumento del 98 por ciento en su gasto para 2010, según publicó ayer el periódico Reforma.

La indignación es uno de los principales motores del Periodismo, y a través de él debería expandirse. Urgen cambios de fondo. Es común escuchar que un estallido social se acerca y a menos que “las instituciones” recuperen la cordura, el augurio podría consumarse.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Manufactura del consenso

Nada sorprende más a quienes analizan el mundo que la facilidad con la que una mayoría es controlada por pocos. Así introduce David Hume, pensador clave de la filosofía occidental, su concepto de opinión pública. Hume defendía en el siglo XVIII una máxima que la Constitución mexicana reconoce a la fecha en su artículo 39: todo poder dimana del pueblo. Convencido de esto, Hume señalaba que el único soporte del gobernante era la opinión de los gobernados, tanto en los regímenes despóticos como en los populares.

Esta realidad, hábilmente enmascarada por la autoridad en turno, es ignorada por gran parte de los “soberanos” pero es prioridad de la minoría gobernante. Los políticos y funcionarios perciben a los medios de comunicación como instrumentos de persuasión masiva, como aliados efectivos en la necesidad de moldear la opinión pública. Es natural su fascinación por captar la atención mediática y ganar tiempo o espacio con sus declaraciones (por decirlo eufemísticamente).

Todo lo anterior garantiza la alianza, también natural, entre el poder público y los medios. De lo contrario, la presunción de apoyo mayoritario –requisito mínimo para impulsar cualquier acción de gobierno- se disolvería en la pluralidad inherente a un sistema que motivara la diversidad ideológica. Walter Lippman, propagandista estadounidense en tiempos de la Primera Guerra Mundial, decía que la democracia es la “manufactura del consenso”.

El método es simple y supone complicidad. En las buenas y en las malas. La continuidad de esta relación simbiótica depende del apoyo palpable (rentable) a las actividades del otro, aunque éstas incurran en violaciones flagrantes a los principios y valores defendidos públicamente por las partes. ¿Por ejemplo? La guerra en Irak y la cobertura patriótica de CNN a las hazañas militares en el territorio recién “liberado”. Aurora Labio, investigadora de la Universidad de Sevilla, lo expresa así: “La maquinaria ha de seguir funcionando, aunque en el camino pueda quedar más que herida la verdad”.

La mentira se vuelve protagónica, aunque la honestidad sea un valor compartido en el discurso de políticos y periodistas. ¿Qué sería de ellos sin su credibilidad? David Hume insinúa con su argumento la respuesta. Cualquier relevo en el poder, aunque fortaleciera momentáneamente la libertad de expresión en la euforia del cambio, terminaría favoreciendo una visión única (y por lo tanto excluyente) de la realidad. Lo emergente se vuelve “amenazante” y lo diferente “intolerable”.

Esto último explica la reducción del presupuesto a la publicidad en revistas por parte del gobierno federal. No importando su nivel de coincidencia con Los Pinos, se pretende la desaparición de los medios que fragmentan a la audiencia. Proceso y Etcétera lo denunciaron pero ni Vértigo se salvó. Para un mandatario, es más provechoso apostar a la masificación comprobada de la televisión que a la supuesta numerosidad de quienes –comprando revistas diferentes- muestran su interés en temas como: automóviles, política, espectáculos, mascotas, música, salud o tecnología.

En épocas donde los impuestos hacen honor a su raíz etimológica, donde una guerra por “nuestra seguridad” ha ensangrentado las calles y donde los cambios “de fondo” son las mañas de siempre, conviene recordar el origen del poder político. Cuando la pluralidad informativa se ve amenazada por tendencias totalitarias es importante saber que continuidad del disenso es una apuesta a la cordura y que esto pasa necesariamente por los medios de comunicación.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Aplausos y carreolas

El olvido y el desinterés son las apuestas actuales de la cobertura noticiosa a la extinción decretada de Luz y Fuerza del Centro, un ejemplo más de la distorsión mediática de un suceso de alto impacto y trascendencia.

Un acontecimiento clave para juzgar el sexenio de Felipe Calderón terminará desterrado de la agenda informativa. Su importancia será progresivamente disuelta en la trivialidad inherente a los distractores que surgen de la obligación remunerada de los medios oficialistas en su intento de minimizar incomodidades a la administración en turno.

El fenómeno del “olvido mediático” demuestra, según la investigadora española Ainara Larrondo, la incapacidad de los medios y de los profesionistas que los integran para llevar a cabo una configuración informacional con base en los parámetros éticos del Periodismo. “La pérdida de interés informativo no hace desaparecer el problema, puesto que las causas y los efectos de esos hechos se alargan en el tiempo”, escribe Larrondo.

La irresponsabilidad de los medios sugerida por estas consideraciones teóricas alcanza niveles insultantes cuando más elementos, como los factores de interés periodístico, se agregan al análisis. Este concepto engloba las posibles respuestas a la pregunta “¿Por qué las noticias son noticia?”. Algunas son: por la actualidad, la proximidad o la magnitud de los hechos, la existencia de un conflicto o la expectación del público.

Aunque estos filtros sean desconocidos para la mayoría de los lectores, radioescuchas o televidentes, son la razón detrás de la jerarquización informativa que reciben en forma de “noticias”. El 2 de abril de 2005 es una fecha que ejemplifica este hecho. Ese día se registró un histórico empalme informativo: la agonía del papa Juan Pablo II y la procedencia del desafuero al entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador.

Mientras se creía que la muerte del jerarca católico podía ocurrir en cualquier momento, las aguas de la política nacional se revolvían con la posibilidad de que un aspirante a la presidencia perdiera su lugar en la contienda electoral. La prensa justificó con factores de interés la desición válida de opacar momentáneamente alguno de los temas. Para las televisoras, la “magnitud” del fallecimiento del papa superó la “proximidad” de un conflicto político.

Considerando todo lo anterior, sostengo que la cobertura televisiva del caso de Luz y Fuerza ha sido parcial, irresponsable e insultante. Parcial porque la Secretaría de Gobernación escribe con sus comunicados el guión leído por los informadores, irresponsable porque niega el seguimiento a un tema de interés nacional, e insultante porque prefiere transmitir un minuto de aplausos al presidente de la República o establecer como nota principal el atropellamiento de una bebé con todo y carreola en el metro de Australia.

Vivimos en tiempos donde la “responsabilidad social” de los medios se define exclusivamente en términos de su propio beneficio. Ni la ética ni las nociones básicas de la práctica periodística se manifiestan. ¿La “alabanza al gobernante” es un factor de interés noticioso o propagandístico? ¿Por qué los aplausos a Calderón son significativos para el país? ¿Cómo explicar que un incidente en Australia ocupe los primeros minutos de un noticiero de información nacional? El cierre de una paraestatal y los inicios de una crisis social insinúan la respuesta.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Palabritas

No es lo mismo un manifestante que un quejoso, un atentado que un accidente, pacificar que reprimir, o tomar que asegurar. Aunque estos términos sean utilizados para describir hechos semejantes, sus implicaciones ideológicas son opuestas. La obsesión por elegir la palabra correcta -típica de lingüistas, literatos y juristas- pasa inadvertida para el lector promedio, pero se vuelve exigencia cuando el objetivo del texto es la explicación precisa de un acontecimiento, por ejemplo, en el ámbito periodístico.

Sucesos complejos y trascendentes, como la “extinción” decretada de Luz y Fuerza del Centro, son oportunidades únicas para que la ciudadanía evalúe a sus medios. La prensa renuncia con mayor facilidad a la presunción de balance en tiempos de definición o conflicto; es cuando suele entregarse voluntariosa a las ventajas de una narración tendenciosa. Aquí, el análisis de las omisiones y las palabras elegidas es clave para comprender las lealtades e inclinaciones de quienes -más por rutina que por definición- se hacen llamar “periodistas”.

Escuchar que el operativo de la Policía Federal en las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro fue “pacífico”, obliga a repensar la paz. El adjetivo, utilizado por Milenio Televisión en su crónica, proclama la ausencia de disparos o heridos, pero asume que la amenaza de violencia -típica de la demostración de fuerza- es pacífica mientras no se concrete. Bajo esta visión, un asaltante que amaga y no dispara merecería no sólo la exculpación sino el reconocimiento. Si el colapso de la paraestatal hubiera sido “pacífico” habría omitido las armas.

Lamentablemente para los redactores y porristas de la generosidad gubernamental, se esperan marchas multitudinarias contra los actos “pacíficos” del gobierno federal. Los manifestantes recibirán trato de provocadores, de ciudadanos que pisotean los derechos de terceros y “desquician” la capital. Habrá que entrevistar a automovilistas molestos y buscar declaraciones condenatorias de funcionarios o empresarios. Éstos últimos, quizá los únicos capaces de organizar movimientos de protesta civil que estén a la altura de la “moral” fijada como límite a la libertad de expresión en el sexto constitucional.

Lo anterior, fue evidente en la cobertura periodística de la marcha “Iluminémos México”, convocada por la televisión en agosto del 2008. La nota redactada por Noticieros Televisa transformaba a los quejosos en “víctimas de algún delito” y describía el avance del contingente en términos de emoción acrecentada. Ese día, el ojo del reportero observó a los turistas “curiosos” que apoyaban a los manifestantes desde las ventanas de su hotel. ¿Podría esperarse este nivel de enaltecimiento informativo tras una movilización del Sindicato Mexicano de Electricistas? Claro que no. ¿Por qué?

José Luis Arriaga, académico de la Universidad Autónoma del Estado de México, sugiere una respuesta: lo que se dice de los eventos y personajes varía según las circunstancias. Como ejemplo, el fallecimiento de un ser humano requerirá de verbos diferentes dependiendo del contexto: si era un policía fue “asesinado” y si era un criminal fue “abatido”.

Estos matices del lenguaje son poderosos instrumentos de manipulación mientras la opinión pública ignore la sutileza de su funcionamiento. Habrá que señalarlos y reprobarlos, exigir el rigor periodístico. El cierre de una paraestatal lo amerita.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Infomerciales

¿Por qué comprar este maravilloso producto? Yo me pregunté lo mismo y ahora conozco la respuesta: porque cambiará su vida para siempre. No más problemas, infelicidad o complejos. ¿Me oye? La solución del siglo está aquí y no la encontrará en tiendas. Miles de personas han comprobado la efectividad de este desarrollo tecnológico que es avalado por especialistas y que será suyo con 12 cómodas mensualidades de 199 pesos. ¡Escuchó usted bien! Además, recibirá el instructivo, un fabuloso video y un par de accesorios. Pero espere. Si es de las primeras 50 personas en llamar le descontaremos seis pagos y le enviaremos el doble de producto. ¡Tome su teléfono! No acepte imitaciones y recuerde que esta oferta es por tiempo limitado…

El párrafo anterior resume y parodia a los infomerciales del mundo: la fórmula se repite sin modificaciones sustanciales en muchas latitudes y contextos. El concepto -originalmente estadounidense- de un comercial de larga duración que se transmite en horarios (baratos) de poca audiencia, continúa popularizándose en México, ante la indignación justificada de quienes encontramos elementos para afirmar que su diseño es inseparable del engaño.

Quienes recibimos ocasionalmente los favores agregados del desvelo, el encierro y la televisión, hemos sido víctimas de la insultante masificación de mensajes que suponen la ignorancia de los receptores y que simultáneamente demuestran el atraso intelectual de sus emisores. Sabemos también que los testimonios fabricados y las celebridades satisfechas son sus hijos predilectos.

Este festín de patrañas debe terminar. En Estados Unidos la Comisión Federal de Comercio fijó criterios para evitar que personalidades públicas participen en embustes publicitarios. Las reglas establecen que cualquier declaración (aún remunerada) debe reflejar una opinión honesta y comprobable. Si una celebridad respalda algún producto está obligada a utilizarlo y su imagen sólo puede explotarse en pantalla mientras mantenga una opinión favorable al respecto. ¿Qué sucede en México? Que el atraso legislativo fomenta la ingenuidad. Aquí, el consumidor tiene que confiar en la “buena fe”, como si tal cosa existiera en el ámbito publicitario.

Los infomerciales son desfiles de estereotipos. Un estudio conducido por Bruce Blaine y Jennifer McElroy, presentado el 2002 en Toronto, revela que las más perjudicadas son las mujeres y las personas con sobrepeso. Los investigadores descubrieron que los “expertos científicos” siempre son hombres, que en los infomerciales para bajar de peso hay más referencias al consumo excesivo de alimentos que a una ingesta balanceada o al ejercicio, y que la grasa corporal suele ligarse a la ineptitud social, la baja autoestima, la flojera y la desdicha.

Otro estudio, realizado en Israel por Amir Hetsroni e Ilan Aya, es de tremenda utilidad para el televidente promedio. Los autores comprueban que -más allá de los aspectos funcionales- al producto suelen asociársele valores clasificables de tipo cultural, como el hedonismo. Así, el comprador puede ampliar su visión y reconocer cuando el impulso de gastar es fomentado por ideas de belleza, aventura, alegría, popularidad, sexo o juventud.

Al final, el exhorto es a la crítica, a la educación; a incentivar una audiencia analítica, inmune a las estratagemas de la telebasura. Una mayor cultura de medios debería traducirse en una estrepitosa caída de sus ventas; es el resultado lógico. Y aunque el engaño pudiera perfeccionarse, habremos atacado el verdadero problema: la ignorancia que invita al abuso. A ver qué logran vendernos entonces…

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Suicidio TV

En el bufet de la programación televisiva se cocinan platillos asombrosos. Los ingredientes habituales son la falta de creatividad, el desdén por la ética, el ansia por los ratings y la convicción de una audiencia pasiva e ignorante. La exacerbación progresiva de estos elementos invita a la reflexión y convoca al rechazo. La tendencia en las pantallas es a lo grotesco: al regodeo de las masas con la exposición de sus miserias, al convite de la humillación premiada, a la fiesta de la indignidad humana y quizá, al retorno de la antigua diversión de atestiguar la muerte de otro.

La idea de un canal de cable que transmita suicidios las 24 horas del día es atribuible al comediante estadounidense George Carlin (1937-2008). En una de sus últimas rutinas, Carlin aseguró que la mezcla de individuos desesperanzados y la mentalidad de los reality shows sería rentable para la televisión. En su avezada crítica social, sostenía que era posible conseguir “voluntarios” que se quitaran la vida frente a la cámara a cambio de unos dólares. “Por dinero. Hay que darles algo”, ironizaba ante las risas del público.

La cartelera cinematográfica ofrece esta semana una película con la misma temática. Aunque fallida en lo general, “Ruleta rusa en vivo” es rescatable por su planteamiento: la producción de un programa de concursos que pretende batir el récord histórico de audiencia con la novedad de un revólver cargado y seis participantes que se niegan a morir pero están dispuestos a dispararse por los 5 millones de dólares que recibirán en caso de sobrevivir.

Si el final no fuera predecible, me negaría a revelarlo. Es claro que tan impactante fenómeno mediático terminaría siendo un éxito comercial dentro de la situación planteada; ficticia en términos reales pero dolorosamente cercana a los límites de lo esperable en estos días.

La tendencia a lo grotesco que detonó esta reflexión surge de un esquema de medios que sacrifica todo por los números, que lucra con la intimidad, el riesgo y el dolor. Creyendo que su continuidad y expansión es el resultado lógico de ofrecer “lo que el público quiere” (y justificando con ello las atrocidades intelectuales que han difundido durante años con la colaboración mal retribuida de supuestos profesionistas) los empresarios de la televisión confían en que la perversión de sus creativos siga recibiendo buenos puntajes en la medición presuntamente confiable de los gustos y deseos de una mayoría que, para su desgracia, avala todo con el silencio.

La convocatoria es al rechazo. Al asfixiamiento consensuado de proyectos que atentan en pantalla contra la dignidad humana. Urge un debate público sobre los medios de comunicación, sobre lo necesario y lo deseable. Ni el consumo irreflexivo ni la apatía razonable: sirve de poco apagar la televisión, especialmente si nos indigna. Este sentimiento debe nutrirse, alentarse y compartirse. Sólo así evitaremos que, cuando el futuro nos alcance, las muertes televisadas dejen de ser una ocurrencia y se conviertan en negocio.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Del alarmismo al miedo

El pavor es inevitable ante la muerte de un ser humano. El video de la balacera en el Metro Balderas lo confirma. Entre la lucha de una persona por sobrevivir y la imagen de un cadáver, existe un momento trágico; un punto final capaz de paralizar a cualquiera y de liberar un torrente de pensamientos sobre la fragilidad y el valor de la vida.

Las escenas captadas por las cámaras de vigilancia pudieron reservarse para la investigación pero fueron presentadas a la prensa. Ocultar información hubiera sido peor y por ello la reacción es comprensible. El verdadero dilema ético debió surgir, entonces, al interior de los medios: ¿transmitir o no el material?, ¿editarlo o exhibirlo íntegramente?, ¿cuáles son las implicaciones de esta decisión?, ¿cómo justificarla?

Esta discusión sobre los límites de lo visible y lo decible tiene antecedentes. Uno de los más importantes fue la transmisión en vivo del linchamiento de tres policías federales en la delegación Tláhuac en el año 2004. Otro episodio, considerado un hito por los analistas de medios, fue la defensa que TV Azteca hizo de su amarillismo luego de mostrar en pantalla el cuerpo ensangrentado del conductor Paco Stanley, asesinado en junio de 1999.

En ambos casos, la naturaleza perturbadora de la información fue su única excusa. Lo mismo ocurrió con el asesino del Metro Balderas. El suceso difícilmente podía ignorarse pero el tratamiento informativo evidenció, nuevamente, la prevalencia del sensacionalismo sobre la seriedad. Como suele suceder, la prensa mexicana optó por la rentabilidad del alarmismo. Faltó profundidad y responsabilidad en el análisis.

En su más reciente libro, los investigadores Marco Lara Klahr y Francesc Barata denuncian que algunos vicios de la “nota roja” son, precisamente, la dramatización y la descontextualización. En este sentido, convendría que los periodistas aprendieran a identificar estos defectos antes de entregarse a la cobertura simplista de acontecimientos cuya resonancia es previsible.

La dramatización, aunque sutil, es más identificable que la descontextualización. Al respecto, los autores abundan: “Los delitos, las agresiones y la mayoría de las transgresiones que entran en conflicto con el sistema penal tienen más que ver con las injustas estructuras sociales que con las personalidades patológicas”. Aplicada al caso del Metro Balderas, esta interpretación ampliaría el hecho hasta sus causas, ubicaría al asesino en su contexto.

¿Cuál contexto? El que se maquilla en la mayoría de los medios, el que la revista Proceso describió como “Brotes de hartazgo social” en la portada de su número 1716. Las razones del asesino del Metro no se entienden sin el desempleo, la pobreza o la ineficacia gubernamental. Tampoco pueden aislarse de la serie de hechos violentos que suceden a diario en México y que alimentan la idea de riesgo constante que, a su vez, tiene atemorizado al país.

Rafael Vidal, académico de la Universidad de Sevilla, señala que la activación del miedo, producto de la construcción del “otro” como enemigo y, por lo tanto, como amenaza, “siempre ha constituido una fuente primordial de autoridad”. Si, como sostuve al inicio, el pavor es inevitable, ¿sería posible que, desde ese impulso, la reacción social fuera diferente? ¿Menos primitiva y más inteligente? La crisis actual tiene el potencial de esclavizarnos o liberarnos, todo depende, insisto, de la profundidad y la responsabilidad del análisis. Esto último, inicia con un manejo profesional y ético de la información.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Celebración forzada

Los mexicanos conmemoran la independencia pero sufren por una crisis que viene “de fuera”, aplauden los ideales revolucionarios pero censuran la insurrección. Son tiempos de contradicción evidente entre las razones históricas del festejo y las condiciones actuales del país. Las fiestas patrias requieren hoy de ignorancia y de optimismo infundado, de individuos que -en el mejor de los casos- ofrezcan en sacrificio las razones válidas de su pesar al placer de la convivencia programada.

El 15 de septiembre es una fecha de cualidades estáticas. Ha permanecido en el tiempo como una noche colorida de gozo patriótico, pese al conjunto de eventos que podrían oscurecerla. El molde de esta verbena incluye también a los medios de comunicación. Ese día, la novedad es lo de siempre porque no hay tradición sin repetición. Y aunque la violencia rampante no distinga efemérides, la versión difundida será de paz y de unidad; últimamente más por consigna que por descripción.

Hace un año, mientras dos granadas explotaban en la plaza principal de Morelia, la televisión nacional era pura diversión. Televisa y Televisión Azteca ignoraban el hecho como si la maquinaria informativa que suelen presumir sufriera de parálisis momentánea. La exclusiva fue de Cadena Tres, un canal que hizo más con menos recursos. La programación se interrumpió y los micrófonos se abrieron a la confusión que reinaba en la capital michoacana.

Sin enjuiciar la especulación inherente a la transmisión en vivo de un suceso de esta naturaleza, con tantas interrogantes y cabos sueltos, el esfuerzo periodístico resultó loable. Aún más, tras el ejercicio de un simple zapping que demostraba el doloroso contraste entre la realidad y el circo: la tragedia por un lado y la celebración forzada por el otro.

El martes pasado, cuando políticos de dudosa representatividad y cuestionable calidad moral agitaban sonrientes el lábaro patrio frente a sus gobernados en todos los rincones del país, descubrí que la lucha por la libertad se pierde cuando termina, cuando la certeza de la victoria anestesia la percepción y abre paso a la desidia que, a su vez, patrocina el retroceso y amenaza los logros alcanzados.

La paradoja mexicana encuentra en el festejo su desgracia. Sólo ahí, en la comodidad de una soberanía asegurada y de una independencia que no requiere ajustes posteriores, habrá de perderse lo ganado. La información es un factor clave para revertir esta tendencia. La sociedad difícilmente saldrá del letargo si continúan ocultándosele datos que, para otros, explican el sentido de urgencia y el llamado a la movilización.

Los actuales son tiempos violentos que justifican la militarización de las calles, de hoyos financieros que requieren de impuestos a los pobres para ayudar a los pobres, de simulación para minimizar la crisis. El ánimo triunfalista, sello de estas fechas, puede esperar a épocas mejores, e incluso entonces, bajar la guardia sería riesgoso.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Periodismo golpeador

La confusión entre libertad de expresión y libertad de extorsión ha permitido la proliferación de toda clase de mafias en el ámbito periodístico. Ocultos en las redacciones o detrás de los micrófonos, los mercenarios de la información subordinan el interés noticioso a lo que de buena o mala gana pueda ofrecerles el mejor postor. Esta plaga que amenaza con seguir expandiéndose, pone en riesgo la credibilidad y la continuidad de los medios de comunicación que -en contraste- buscan conducirse con seriedad y apego a la ética.

La subasta de titulares, producto de una agenda negociable, debe detenerse. Nada perjudica más a la prensa libre que el lloriqueo de los comunicadores que se convierten de un día para otro en ardorosos defensores del derecho a la información cuando sienten amenazada su posición o cuando su principal benefactor decide retirarles el apoyo que los mantenía en la más cómoda docilidad.

Algunos informadores se entregan al periodismo golpeador por necesidad o ignorancia. Ambos factores se atacan desde la profesionalización. Si todo lo que puede aprenderse está “en las calles” como suelen sostener los reporteros empíricos, existe la posibilidad no sólo de ignorar nociones elementales sino de limitar los conocimientos y las habilidades que les permitirían el acceso a empresas de alcance nacional o internacional que, por su naturaleza, ofrecen mejores condiciones.

Aunque por su cualidad impositiva genere rechazo, la regulación de la prensa es otra opción. En el caso mexicano, esta propuesta encontraría dos grandes problemas: la desconfianza en las instituciones y una clase política excesivamente partidista. Estos inconvenientes podrían superarse con un auténtico debate público y una legislación diseñada minuciosamente por expertos, sin ambigüedades ni espíritu vengativo.

La necesidad irá creciendo hasta volverse urgente. Tarde o temprano, pero quizá sólo cuando se sientan desafiados, los legisladores deberán asumir el costo político de reformar las leyes que han permitido la concentración de los medios de comunicación y la multiplicación de los agravios a una sociedad que debería tener derecho a la pluralidad informativa.

El caso de Argentina es ejemplar. La propuesta para una nueva ley de medios, impulsada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha generado innumerables críticas desde los grupos monopólicos que controlan la televisión y que ahora pretenden paralizar al país. Sin embargo, la mandataria sigue firme en su convicción de que los ciudadanos merecen escuchar todas las voces y pretende abrir nuevos canales para universidades, sindicatos, iglesias y organizaciones no gubernamentales.

Desde este espacio hago pública mi esperanza de que algún día podamos reír juntos al recordar los tiempos en que México era controlado por el duopolio televisivo y las mafias mediáticas. Ese día, nos llamaremos sobrevivientes pero también visionarios.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El informe fallido

Más cercano a la farsa que a un acto republicano, el mensaje que Felipe Calderón pronunció desde Palacio Nacional evidencia la confusión del presidente entre la burda autopromoción y las condiciones para una verdadera rendición de cuentas. No es suficiente con exculparse y llamar a la unidad. Tampoco basta con entonar el himno y hacerse acompañar de burócratas aduladores. Los requerimientos son, para desgracia del mandatario, mucho más complejos.

Desde el punto de vista teórico, la “rendición de cuentas” en Norteamérica puede rastrearse a un ensayo publicado en 1999 por Andreas Schedler, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Viena. Schedler reconoce dos dimensiones básicas de este concepto: la obligación de los funcionarios de comunicar y justificar sus decisiones en público, y la capacidad de sancionar a los políticos que incumplan sus deberes.

El informe no debería ser un listado de logros, e incluso si lo fuera, Calderón se quedó corto. A falta de indicadores que justificaran el optimismo característico de los funcionarios que viven disociados de la realidad, el presidente leyó un discurso cuyo mensaje clave podría resumirse en la impotencia de su administración para cumplir promesas y ofrecer resultados frente a los “desafíos históricos” de la actualidad. En pocas palabras: se hizo lo que se pudo hasta el “límite de posibilidades que tiene el gobierno federal”.

La noción de imposibilidad evoca la idea de agentes externos que impiden el desarrollo nacional. Si consideramos que situaciones emergentes como la crisis económica internacional y la pandemia de influenza fueron especialmente perjudiciales para México, habríamos de cuestionarnos si existieron elementos internos que las hayan potenciado. En este punto quizá descubramos lo que el Ejecutivo federal no pudo reconocer o al menos no externó: más allá de las limitaciones, el fracaso mexicano es producto de la incapacidad.

Si el primer paso en la resolución de un problema es la aceptación de su existencia, descubriremos que la situación actual no es alentadora. Si la “Guerra contra el narcotráfico” es lo mejor que nos pasó en los últimos tres años, ¿qué podemos esperar de la segunda mitad del sexenio? ¿Qué más podría ofrecernos un gobierno que provocó un incremento en las violaciones a los derechos humanos en su lucha por la proteger a los ciudadanos?

Las arcas nacionales han patrocinado durante años un montaje para ocultar la contundencia de los hechos. Jean Baudrillard, sociólogo francés, decía que en la actualidad se confunde realidad con simulación y que los involucrados son incapaces de notarlo. Así pues, en el caso mexicano, el estallido de violencia encontrará su explicación en ese simulacro y tenderá a reforzarlo.

Si la rendición de cuentas fuera más que una ilusión, Felipe Calderón estaría obligado a responder por los compromisos que hizo en campaña y por las leyes que juró defender. Un año más que se esfuma la posibilidad de progreso, uno más que en México se confirma lo que Carlos Pellicer llamó el “esplendor ausente”. Otro informe fallido, uno más a la lista de los agravios que terminarán impunes.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Segunda opinión

En el mundo de los consultorios y los médicos suele utilizarse la expresión “segunda opinión”. Esto implica que el diagnóstico es insuficiente, especialmente si requiere de una intervención quirúrgica o si fue detectada alguna enfermedad degenerativa. En este caso, el paciente inicia una búsqueda de datos que le permitan comprender su situación para dar el siguiente paso.

Existe una relación directa entre información y decisión. El hombre de negocios, por ejemplo, habrá de analizar detalladamente el mercado, la competencia, el marco legal y la estabilidad económica si pretende disminuir el inevitable riesgo de invertir. Este esquema se repite en casi todos los ámbitos. Así pues, en un país como México -donde la principal fuente de información es la televisión- resulta preocupante que la “segunda opinión” sea idéntica a la primera y que las opciones terminen ahí.

Televisa y Televisión Azteca conforman lo que algunos llaman “el duopolio televisivo”. En sus canales concentran no sólo a la mayoría del público sino la única versión disponible de la realidad para millones de mexicanos porque, en la práctica, suelen repetir el mensaje aunque modifiquen las formas. La aparente competencia entre emisoras podría reducirse a un asunto de caras y colores.

La concentración de medios de comunicación no le conviene a nadie fuera de los concesionarios y del gobierno. Los ciudadanos, aunque desconozcan los riesgos históricamente comprobables de la centralización informativa, no deberían ignorar que el Estado está obligado a garantizar la libertad de elegir. Este derecho, pieza fundamental del liberalismo teórico, pasa necesariamente por la libertad de asociación y de prensa.

Cuando el Estado, en lugar de promover una opinión pública informada, limita las fuentes de información y negocia con las existentes una línea editorial complaciente, no está defendiendo a la ciudadanía sino los intereses personales y políticos de quienes supuestamente deberían representarla. Así es como se transita hacia el totalitarismo y se le financia indirectamente con el erario.

Reducir la cobertura informativa o dirigirla hacia temas cómodos pone en peligro la integridad gubernamental. La prensa libre es clave para controlar la corrupción, señala Paul Starr, investigador en Comunicación y Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton. “Decir que la corrupción brota más fácil cuando los que tienen el poder no le temen a quedar expuestos no es una simple especulación”, sostiene el catedrático.

La televisión oculta más de lo que informa. Una sociedad conformista que replica una visión parcial de la realidad, patrocinada por la administración en turno con fines propagandísticos, atenta contra su libertad sin saberlo. Es necesaria una mayor diversidad de voces. Habrá que exigirlas porque en asuntos nacionales, incluso una auténtica “segunda opinión” sería insuficiente.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Guerra de los mensajes

Tiene hasta el lunes para enviar su mensaje al espacio. El sitio de Internet http://www.hellofromearth.net/ está recopilando textos que -con ayuda del gobierno australiano y de la NASA- serán enviados a Gliese 581d, un planeta fuera del sistema solar con características similares a la Tierra. Esta transmisión que pretende celebrar el año internacional de la Astronomía tardará al menos dos décadas en llegar a su destino final.

Hasta ahora más de 20 mil cibernautas han participado. Algunos aprovechan para ofrecer su amistad a presuntos seres extraterrestres, asumiendo que en caso de existir logren decodificar la información enviada. Una cantidad importante de mensajes proclama a los seres humanos como una raza pacífica, aunque la historia compruebe justo lo contrario.

En términos reales, el progreso tecnológico de la humanidad se debe a la prevalencia de hostilidades. No olvidemos que la carrera espacial y su euforia por conquistar la Luna se desarrolló en el contexto de la Guerra Fría, cuando las superpotencias mundiales buscaban imponerse. Algunos investigadores, como Eugenio Tironi y Ascanio Cavallo, sostienen que se trató de una “lucha comunicacional”, una batalla donde las imágenes tenían más relevancia que los hechos.

Enjuiciar las innovaciones surgidas en tiempos de conflicto es un ejercicio complejo. Algunas se han adaptado a la vida cotidiana y otras continúan afectándola negativamente. Es el caso de la propaganda que busca manipular a la opinión pública y que a la fecha se mantiene en la lista de estrategias favoritas de los gobiernos. Guerra y Comunicación, dicen Tironi y Cavallo, siempre han ido de la mano.

En las luchas de la actualidad, las balas se sustituyen por mensajes y el control territorial por el posicionamiento mediático. La importancia de los medios es tal que su control se ha vuelto prioritario para la clase política, especialmente para quienes disfrutan las comodidades de su puesto gracias a una campaña publicitaria exitosa.

En México, la llamada “Guerra contra el narcotráfico” ha desatado un choque monumental de posturas. El crimen organizado no sólo delinque, también ha comprendido la importancia de luchar en el frente comunicativo. El hecho de que las instalaciones del Siglo de Torreón fueran atacadas esta semana y no se hayan reportado lesionados debe interpretarse como un aviso.

En el ámbito partidista ha comenzado la guerra por la sucesión. Los gobernantes que serán relevados apoyarán irremediablemente a las opciones que garanticen la continuidad de su influencia, aunque nieguen el acto por su ilegalidad. Se acercan tiempos de enfrentamiento. Las páginas de los periódicos serán testimonio de este choque de declaraciones.

En épocas donde el discurso altera la realidad, conviene recordar que los hechos son más perdurables que los dichos. Si los supuestos habitantes del planeta Gliese 581d pudieran observar a la humanidad descubrirían que las proclamas de paz desde la Tierra ocultan a una raza profundamente conflictiva. Quizá tiene razón un cibernauta estadounidense que escribió: “Por favor, sálvenos de nosotros mismos”.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Declaraciones prefabricadas

Los periodistas tienen la vocación de preguntar pero los políticos no tienen la de responder. Un funcionario experimentado suele aprovechar los cuestionamientos de la prensa para reforzar su posición en lugar de revelar los datos u opiniones que se le piden. Y aunque suele pensarse que esta habilidad es exclusiva de los experimentados o “colmilludos”, sólo requiere de frases genéricas fácilmente identificables.

Una de estas expresiones es “trabajo conjunto”. Su utilización es tan popular que en la base de noticias Google News la combinación de palabras arroja cerca de 22 mil artículos informativos. Si la declaración es sobre pobreza: “trabajo conjunto”. Si tiene que ver con inseguridad: “trabajo conjunto”. ¿Qué significa esto? Que el político elude su responsabilidad, se vacuna contra la ineficacia o simplemente tiene poco que decir.

Un ejemplo reciente: la cumbre de Líderes de América del Norte en Guadalajara. La reunión entre los presidentes de Canadá, Estados Unidos y México fue, al menos en las declaraciones públicas, totalmente infructuosa. Al final se informó que Canadá no modificaría las visas obligatorias ni Estados Unidos su política migratoria. ¿Cuáles fueron los acuerdos? ¡Continuar el trabajo conjunto!

Otra frase genérica, empleada graciosamente por políticos conscientes del pacto de impunidad que impera en el país, es la que evade fijar una postura sobre algún asunto sensible, cediéndolo a las “autoridades competentes”. Una pregunta hipotética para ejemplificar: “¿Qué opina de los presuntos abusos por parte del Ejército en la guerra contra el narcotráfico?”. La contestación de acuerdo a la fórmula sería: “Confío que el tema sea resuelto por las autoridades competentes en estricto apego a derecho”. ¿Qué autoridades?

Si el declarante conoce la instancia, ¿no debería señalarla? ¿Para qué la vaguedad? Para lavarse las manos. Como lo hizo el presidente Felipe Calderón, cuando en la conferencia de prensa con Obama y Harper habló de las denuncias por violaciones a los derechos humanos en México. El mandatario retó a que se demuestre un solo caso en que “no hayan respondido las autoridades competentes”.

El problema es que, en sentido estricto, las autoridades correspondientes no siempre son competentes. Mientras Calderón recurría a los tribunales militares en su discurso, la Suprema Corte desechaba la posibilidad de que los elementos castrenses fueran juzgados también como civiles. La protección al fuero militar fue opacada informativamente por la detención de un sujeto que habría recibido “pormenores” para atentar contra el presidente. Todo esto, el mismo día.

El cinismo de quienes se entrenan en la mentira no tiene límites. El político también puede jugar al sordo, ignorar las preguntas y protagonizar un monólogo. En esta categoría, la revelación del año es César Nava, recién estrenado dirigente del PAN.

Las respuestas prefabricadas requieren la pasividad de quien sostiene la grabadora o el micrófono y siguen colándose en los titulares por falta de información o de criterio. En la medida en que la prensa deseche este tipo de declaraciones, los protagonistas de la noticia dejarán de serlo, a menos que prueben con la honestidad o cambien de estrategia.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Justicia farandulera

Me lleva “La Tuta”… le dieron formal prisión a “El Azul”, cabecilla de la banda de “Los Rojos”, y “Los Tiras” no fueron quienes los detuvieron, sino una agrupación posiblemente vinculada a “Los Petriciolet” que podría ser cómplice de “La Flor” en al menos seis secuestros. Esta última banda, donde operaba “La Lore”, estaba liderada por “El Apá”, que pese al apodo no tiene nada que ver con “La Familia”. ¡La justicia en México parece una telenovela!

La prensa se ha vuelto cómplice del show de las presentaciones y los detenidos, de autoridades más interesadas en las fotografías que en los juicios, en las declaraciones que en las pruebas. ¿Cuántos de esos presuntos asesinos, secuestradores o narcomenudistas terminarán tras las rejas? Poco importa y quizá no lo sabremos. El seguimiento noticioso a mediano y largo plazo es una práctica en extinción.

Un colega me platicó el recorrido que hizo en algunas casas de seguridad en el Distrito Federal hace unos días. En uno de estos lugares, donde la policía había detenido a un grupo de secuestradores, el periodista pidió a una vecina su versión de los hechos. La mujer reveló que fue agredida por los uniformados y presentada ante los medios como una delincuente. Sosteniendo un periódico con su fotografía, explicó que la liberaron horas después por falta de pruebas.

Cuando trabajaba como reportero en un medio local, fui testigo de otra modalidad: la del detenido que no es consignado porque los familiares son extorsionados para entregar dinero. En esa ocasión, el celular de un narcomenudista no dejaba de sonar y pedí autorización a los uniformados para responder a la llamada con el objetivo de grabar la forma en que sus clientes le pedían la droga. Así descubrí que la comunicación insistente era de la madre del supuesto infractor, angustiada por no reunir la cantidad que los policías le pedían.

Ha sido inaugurada la era de los “alias”. El gobierno federal ha convertido al crimen organizado y sus principales figuras en material digno de la prensa de espectáculos. Hoy, salir en televisión y ser conocido en todo el país es tarea fácil: se requiere de talento para burlar a las autoridades y algún apodo. “El Inocente” es mi sugerencia: “¡Encarcelan a ‘El Inocente’ y su banda!” se leería en los titulares. Quizá de esa manera podría evidenciarse la cobertura ciega de personajes detenidos.

La prensa debería ignorar las capturas y privilegiar las consignaciones. Así, se reducen las posibilidades de exhibir como transgresores a ciudadanos inocentes y de que se negocie la libertad de criminales una vez que fueron fotografiados. Los periodistas tienen la obligación moral de investigar en qué terminaron las detenciones que reportaron. De lo contrario, se prestan a la propaganda y a la falsedad. Si el énfasis noticioso pasa de las aprehensiones a la prisión, sólo habría show a la hora de los verdaderos resultados

miércoles, 29 de julio de 2009

Declaraciones invertidas

Confieso que fue imposible reprimir la carcajada que me provocó el optimismo presidencial del martes pasado. En un discurso con motivo del aniversario de las Leyes de Reforma, Felipe Calderón afirmó enfático que México es “una de las naciones con mayor libertad de expresión de ideas y de comunicación, sin restricción alguna”. De corta memoria, el mandatario olvidó que el último en gritarle “¡No hay libertad!” fue detenido por el Estado Mayor.

Nelson Vargas se equivocó cuando, ese mismo día, fue entrevistado de forma extrañamente simultánea en los informativos nocturnos de Televisa y TV Azteca a nivel nacional. El empresario que sufrió el secuestro y muerte de su hija lamentó que el país se esté desmoronando. Sin embargo, invitó a la sociedad a confiar en las autoridades, en el presidente. “Si no ¿en quién creemos?”, preguntó.

En nadie, respondería yo, menos en un político. ¿Quién fue el último en ganar nuestra confianza y en qué terminó la historia? La necesidad de “creer en alguien” invocada por Vargas es el negocio de unos y la desgracia de otros.

Tras numerosas decepciones y a partir del ejercicio periodístico, he descubierto que la verdad en las declaraciones de un político se encuentra en la inversión de su sentido. Como en toda regla hay excepciones, pocas y honrosas. Lamentablemente para los demás, para los mentirosos, los hechos pueden más que las palabras. Los ejemplos sobran:

¿Cuánto tiempo se dijo que en Puebla no había presencia del crimen organizado, que era un “estado de paso”? Esta semana el discurso cambió radicalmente ante la detención de presuntos “Zetas” en un centro comercial de San Pedro Cholula. Ahora sí, resulta que la delincuencia está por todas partes y nadie se salva. Como si fuera novedad.

A nivel nacional, escucharemos a Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México, negando que se desvíen recursos para promocionar su imagen. Como si las investigaciones difundidas por el periodista Jenaro Villamil necesitaran confirmación, las revelaciones de un periodista español reavivaron la controversia.

José María Siles, director de una agencia de noticias con sede en Bruselas, fue contratado por Televisa para realizar la cobertura del Foro Mundial del Agua en marzo de este año. Se le pidió especial énfasis en la figura de Peña Nieto, quien según su contacto en la televisora será “el próximo presidente de México”. En días recientes, el informador denunció que no sólo siguen sin pagarle sino que pretendían hacerlo con el erario mexiquense. ¿Van a seguir negándolo?

La regla de las declaraciones invertidas puede aplicarse también a César Nava y su desmentido permanente del dedazo presidencial. ¡Vaya! Elija usted su tema y personaje favorito, el margen de error es mínimo. Cambiemos los aplausos por las preguntas, la justificación por la exigencia. Dejemos de creer y cuando los políticos padezcan los efectos, buscarán recuperar la confianza. Eso nos conviene a todos.

miércoles, 22 de julio de 2009

Si yo fuera presidente

Una frase célebre del priísmo, atribuida al ex gobernador mexiquense Carlos Hank González, sostenía que “un político pobre es un pobre político”. Hoy en día, la nueva moneda de cambio es el rating, así lo sugieren las páginas del libro “Si yo fuera presidente” del periodista Jenaro Villamil. La confusión entre el nivel de audiencia televisiva y el grado de eficacia política es la esencia del texto editado por Grijalbo que tiene como personaje central a Enrique Peña Nieto.

El mandatario de la sonrisa y el copete perfecto, carta fuerte del PRI para las elecciones del 2012, es escudriñado por el reportero de la revista Proceso. Villamil describe el inicio desangelado de su carrera política, su papel en la administración del infame Arturo Montiel y la historia de su camarilla: el “Grupo Atlacomulco”, cuyo máximo exponente fue Hank González.

El autor afirma que Peña Nieto es protagonista de un reality show que -según la primera factura- ha costado más de 740 millones de pesos. La “Estrategia Integral de Comunicación” abarcaría recomendaciones, redacción de discursos, manejo de crisis, diseño de mensajes y preparación para los medios; además de la inversión en televisión.

Este punto desató la polémica. El periodista señala que el gobierno del Estado de México contrató los servicios de Televisa a través de empresas intermediarias como “TV Promo” y “Radar Servicios Especializados”, a fin de maquillar los gastos reales. Las tácticas de mercadotecnia política incluirían el infobranding, es decir, propaganda disfrazada de información.

Eso explicaría la presencia constante del gobernador mexiquense en la pantalla. Los monitoreos son contundentes, por ejemplo, los resultados de la medición promovida por el Senado de la República durante la discusión de la reforma electoral. En cuestión de 15 días, Enrique Peña Nieto había aparecido 700 veces en la televisión, seguido de Marcelo Ebrard con 449 menciones. El tercer lugar lo ocupaba Manlio Fabio Beltrones con menos de 30. ¿Por qué la diferencia?

En una inusual reacción a la crítica, Televisa publicó un desplegado hace unas semanas contra Jenaro Villamil y Carmen Aristegui, quien comentó el libro en su programa de radio. La empresa llamó mentirosos a los informadores. Argumentó que el Estado de México es la entidad federativa con mayor población y que los contenidos se planifican en proporción a la audiencia interesada.

Así pues, con lo que podría ser la creación de un nuevo factor de interés periodístico -de tipo demográfico- la televisora defendió la cobertura al mandatario mexiquense. Habrá que exhortar entonces a Veracruz, Guanajuato y Nuevo León a que reclamen su derecho de pantalla e ignorar a Baja California Sur y a Colima por falta de quórum.

Si Villamil es un “periodista de consigna” y un difamador, como acusa la televisora, es tiempo de abrir los contratos. Si el Estado de México está interesado en la transparencia y la rendición de cuentas es momento de probar que la popularidad del “viudo de oro” no se fabricó al margen de la ley.

miércoles, 15 de julio de 2009

La Nueva Era

Cuando surgió Internet quizá nadie imaginaba que terminaría abarcando y superando a los demás medios de comunicación. Leer noticias, ver programas de televisión y escuchar la radio son algunas virtudes de este conjunto descentralizado de redes que ahora concentra las funciones de otras tecnologías cuya utilidad y vigencia están cuestionadas ante el crecimiento exponencial de la Web.

Quienes tenemos más de 20 años sabemos lo que era la vida sin Internet. Habrá que decirlo en voz baja para no provocar el pánico de quienes, en su adolescencia o infancia, no imaginan una existencia tan rústica. Los demás -jóvenes, adultos o ancianos- tuvimos que abordar un tren que a su paso amenazaba con la obsolescencia.

Fuimos testigos de su nacimiento y desarrollo, desde sus inicios -accesibles para pocos- hasta su total expansión; sin olvidar la época en que los discos de “instalación” se regalaban a la menor provocación o salían en las cajas de cereal. Eran tiempos del texto y del diseño simple, los portales conocidos eran pocos y tardaban minutos en descargarse. Con la línea telefónica ocupada, la brevedad era la regla.

Hoy la realidad es diferente. El ancho de banda, entendido como la cantidad de datos que puede transmitir la conexión en un periodo de tiempo dado, permite descargar películas enteras. Los códigos de programación se disfrazaron de herramientas de fácil manejo. Inició la “Web 2.0”: una nueva era en la historia de Internet.

El término atribuído a Tim O’Reilly, graduado de Harvard y creador del primer portal de America Online, implica el intercambio ágil de datos y el aumento en la interactividad de los usuarios. Así surgieron las redes sociales, los blogs y los proyectos de construcción colectiva del conocimiento como la Wikipedia.

Lejos de simplemente consumir los contenidos, los usuarios tienen el poder de crearlos, comentarlos y modificarlos. El modelo de comunicación unidireccional que apela a la pasividad de la audiencia se transformó en la coautoría irreversiblemente democrática del medio de medios.

La implicaciones son enormes. Por eso Michael Wesch, antropólogo de la Universidad de Kansas, sostiene que deberán repensarse conceptos como la identidad, el comercio, los derechos de autor y la privacidad.

Los medios de comunicación convencionales también cambiarán. La ciudadanización es inminente. La televisión lo sabe y abrió espacios para exhibir los videos y las fotografías de su audiencia. La radio conservará y ampliará su auditorio a través de la Web. Los periódicos -presuntamente en la antesala de la extinción- mantendrán su influencia si vinculan la edición impresa con su portal de Internet y si privilegian el análisis sobre las notas.

Se habla ya de la Web 3.0, de la inteligencia artificial. Lo cierto es que Internet es desde su origen un experimento colectivo. Nada está escrito y lo que viene, sin duda, es inimaginable…

miércoles, 8 de julio de 2009

Mentiras de siempre

El ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, afirmaba que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Esta noción caduca, reforzada por un electorado subestimado desde el poder, mantenía vigente la dictadura del spot que amenazó durante años a la democracia mexicana. Quienes creían que podían gobernar sólo con publicidad fueron derrotados el domingo pasado.

Las campañas mediáticas fueron poco eficaces para los institutos políticos, independientemente de su resultado en las urnas. Si la invasión histórica de millones de spots cumplió los propósitos de la reforma electoral, ¿cómo se explica el enorme abstencionismo? Si la repartición paternalista de tiempo aire pretendía darle equidad al proceso, ¿por qué los partidos grandes continúan siéndolo y los pequeños siguen desahuciados? Porque Goebbels estaba equivocado.

Lo sabe el PAN y su ex dirigente, Germán Martínez, quien se ha convertido en un monumento viviente al servilismo mal pagado. La estrategia de polarización que triunfó en 2006 -cuando millones de mexicanos votaron por Felipe Calderón para salvar del “peligro” a su país- resultó contraproducente esta vez.

En tiempos de crisis y violencia, la exhortación para “apoyar al presidente” estaba destinada a fallar. Lo mismo sucedió con el planteamiento incoherente de que elegir a otros partidos era patrocinar al crimen organizado. Tampoco sirvieron las celebridades: ni la moral fabricada de un luchador, ni el embarazo de una medallista olímpica.

La dictadura del spot intentó trasladar la inocencia de una niña al dirigente de PRD, Jesús Ortega, “el tío Gamboín de la política”, como lo bautizó Rafael Cardona, comentarista de Grupo Fórmula. No funcionaron las disculpas, las cumbias, los diálogos de cocina o la cercanía física de “Chucho” con supuestos desempleados. Quizá “Marianita” convenció a algunos; la mala noticia es que los menores no votan.

Otros que se equivocaron fueron los limosneros del legítimo: PT y Convergencia. Con una credibilidad equiparable a la de una colecta por las ánimas del purgatorio, estos partidos optaron por reforzar en los medios a un personaje que no contendía por ningún puesto y que tampoco lo necesita: en el país imaginario que “gobierna” los caprichos han superado a las leyes.

Los ecologistas celebran su cuarto lugar, sabedores que la campaña pudo arrojar mejores números rumbo al trueque del 2012. El siete por ciento del Partido Verde es una cifra más próxima a los votos nulos que a los partidos grandes. Los anulacionistas no organizaron conciertos, ni recibieron el apoyo “voluntario” de figuras del espectáculo, ni gastaron 30 millones de pesos en playeras.

Los mensajes más creativos en su diseño fueron los del Partido Socialdemócrata, instituto que ahora yace en la fosa común de la representatividad parasitaria. La hipótesis se comprueba: la propaganda en medios fue secundaria, incluso para el Revolucionario Institucional. Los políticos deberán replantear sus estrategias y reconocer que su efectividad dependerá de un electorado que ya se vacunó contra las mentiras de siempre.

viernes, 3 de julio de 2009

¿Quién gana?

Si consideramos que siete de cada diez mexicanos en edad de votar no asistirán a las urnas -como estima el Tribunal Electoral- y sumamos a esto la posibilidad de que los votos nulos superen porcentualmente a los “partidos pequeños”, descubriremos que el 5 de julio de 2009 es un día tristemente célebre en la historia de la democracia mexicana.

El ganador definitivo será el abstencionismo, un fenómeno que se agrava en las elecciones intermedias y que está relacionado con factores sociales y geográficos. Esta comprobado, por ejemplo, que la falta de participación política está focalizada en los estados del centro de la República; a diferencia del Bajío, una zona donde las mediciones arrojan una mayor satisfacción ciudadana con el sistema partidista y las expectativas éste que genera.

Otra variable es el nivel socioeconómico. Se ha detectado que a mayor necesidad, mayor participación. Esto explica que las élites prefieran distanciarse de los procesos electorales y justifica la naturaleza de las propuestas, los mensajes y el tono de las campañas.

La confianza en las instituciones es otro factor que incide en el abstencionismo. En este rubro, y con justa razón, México está reprobado bajo todos los estándares internacionales. Los índices de gobernabilidad publicados esta semana por el Banco Mundial nos empatan con países como El Congo o Bosnia y Herzegovina, con la peor calificación en 12 años en materia de inestabilidad política y violencia.

Esta realidad que exige disculpas, enmiendas, compromisos y soluciones, sigue sin afectar a los partidos políticos, instituciones que continúan sin mirarse al espejo. El “movimiento anulacionista“, promovido por intelectuales y comunicadores de primer nivel, podría haber terminado en anécdota. Sin embargo, la soberbia partidista y su renuencia a confesar culpas lo ha empoderado de tal forma que, en las elecciones del 2012, podría convertirse en la cuarta fuerza política del país.

Aún con las interrogantes provocadas por el voto nulo, quizá se trate temporalmente de la mejor opción. Los promotores de elegir “a quien sea, mientras sea alguien” suelen ser quienes viven de las elecciones. Sin los recursos y la vistosidad de los partidos, los anulacionistas han marcado estas elecciones con el malestar y el desencanto que -como afirma la politóloga Denise Dresser- no deberían subestimarse.

miércoles, 1 de julio de 2009

¡Viva el show!

El gobierno federal sigue impulsando la campaña de promoción turística “Vive México” con la complicidad de las televisoras. El nacionalismo emanado de las pantallas pretende resolver un problema provocado por las decisiones de quienes –desde la administración pública- hoy se lanzan al valeroso rescate del turismo y la economía.

Crear problemas para “resolverlos” después es la estrategia distintiva del gobierno en turno. El aumento al precio de los combustibles es el ejemplo perfecto: un tema que se negó en campaña, se aplicó de forma “escalonada” y luego fue suprimido por decreto presidencial en supuesto apoyo a las familias mexicanas. Esto cuando, irónicamente, el daño estaba hecho.

Lo mismo sucede con “Vive México”, una aglomeración de mensajes que representa el remedio a una enfermedad autoinducida. Felipe Calderón, firmante de la receta, fue cómplice del tiro de gracia a una economía tambaleante. En épocas de la contingencia sanitaria, el discurso que incitaba a resguardarse “en casa” durante cinco días frenó el flujo de efectivo y precipitó la peor etapa de la crisis.

El Ejecutivo federal, que irresponsablemente llamó a la parálisis para reforzar su posición de mando, apareció acompañado de figuras del espectáculo para invitar a descubrir las maravillas de México, un país cuya imagen ha sido golpeada internacionalmente con testimonios generados por el pánico que los medios nacionales han justificado con su oficialismo.

¿Por qué creer en artistas, cantantes y actores? Pensar que las voces de “Vive México” están comprometidas con la causa, nos obligaría a examinar las convicciones izquierdistas de Ana Gabriela Guevara, los pronósticos labastidistas de Juan Gabriel, los motivos de Angélica Rivera y la defensa de Chespirito al “gobierno del cambio”.

La dignidad del medio artístico se limita a los contratos y los acuerdos económicos. Las declaraciones de Raúl Araiza, actor e imagen del Partido Verde, representan la constante. Araiza dijo recientemente que no apoya la pena de muerte, ni las propuestas difundidas por el instituto político. Aseguró que su participación en la campaña fue producto de un casting que podría haberlo llevado a comerciales de Coca-Cola o Marinela. Para él, da igual.

Hablar de lugares, paisajes, olores y sabores, difundir las bellezas naturales y la gastronomía mexicana, e incitar al turismo con la colaboración de la prensa son las nuevas argucias de un sistema político cuya asfixia representa máximos históricos. ¿Qué corresponde a los ciudadanos? Analizar el entorno y decidir en consecuencia.

La vigencia de tácticas que, pese a su novedad, resultan poco efectivas, depende de la respuesta que a corto plazo demuestren los televidentes, radioescuchas y lectores. Las estrategias comunicativas deberán privilegiar, con el paso del tiempo, los hechos puntuales y comprobables. Las cortinas de humo, las caras sonrientes y la ignorancia de los errores propios tienen caducidad. ¿Hasta cuándo?